Historias de Ausencias

Alexis Zaldumbide Mansalva – Tos
Santiago Campos – ¿Qué es la casa en cuarentena?
Patricio Calderón – Conversaciones internas del ser
Bryan Cajas – De memorias y océanos
Karina López – El tiempo se detuvo para vivir
Jaqueline De Mora Coloma – Día tres – «La llamada«
Christian Espinoza Parra – Mi pena, en tu pecho abierto
Juan Tacuri – La hoja arrugada
Kevin Guamán – Nuestro propio virus
María Belen Karolys – El mundo da más vueltas que un trompo borracho
Ramiro Urgilés Córdova – La desconocida
Raúl Real – COVID 19 · CUENTOS
Yanier Oreste – Cafés comprados en una gasolinera
Tos
Alexis Zaldumbide Manosalvas
26-03-2020
Se despertó sobresaltado, eran las tres de la mañana y por los bordes de la ventana entraba una luz azulada. Pensó en la noche azul, la noche de Hollywood, había aprendido ese término cinematográfico en la facultad, hace más de veinte años. Pensó en eso mientras miraba sentado en la cama como la piel de su abdomen era bañada por ese resplandor menguante.
No estaba seguro si lo había soñado, se despertó porque escuchó que alguien tosía, con sequedad y amargura, una tos profunda. Aún se encontraba en ese estado de duermevela en el que podía recordar algo. En el sueño un sujeto gordo y enorme lo seguía por la ciudad, él trataba de escapar pero aquel tipo era rápido, parecía ubicuo. Intentó refugiarse en una estación del metro, los azulejos eran blancos y la luz amarilla titilaba con eléctrica intermitencia, debía buscar el andén correcto, sabía que había un andén correcto, sin embargo, no llegaba a él. Las escaleras eléctricas parecían interminables y la señalización era confusa, pocas personas deambulaban por aquel espacio, el gordo lo seguía sin acercarse demasiado. Cuando encontró el andén el sueño concluyó abruptamente.
Quiso fumar un cigarrillo, pero contó mentalmente en su cabeza y entendió que no podía agotar sus provisiones tan rápido, no sabía en qué momento la vida se restablecería, las cosas se habían complicado con el pasar de las semanas. Dejar el café no fue un gran problema, pero que pasaría cuando los cigarrillos se agotaran, el gobierno solo permitía el abastecimiento de lo esencial y los tabacos no estaban considerados como tal.
Pensó en Román, había trabajado y vivido con él mientras hacía su doctorado, era un paraguayo simpático y amable. Era adicto a la heroína, varias veces lo vio retorcerse de dolor cuando tenía crisis de abstinencia, en esas ocasiones desaparecía por un tiempo, vendía algo y luego regresaba a una extraña normalidad, un día simplemente no llegó a casa, sus escasas pertenencias se quedaron en el lugar que las dejó, su familia lo buscó durante meses, pero no volvieron a tener noticias de Román.
Pensó que dejar el tabaco no debía ser tan complicado como soltar la heroína, tan solo debía aguantar la ansiedad, años atrás lo había logrado, tampoco era tan difícil. En ese instante escuchó la espiración violenta que lo despertó, estaba en lo cierto, alguien tosía.
“Papá” gritó desde el cuarto contiguo Rodrigo, su hijo, era él quien estaba tosiendo. Se levantó con el corazón agitado, pensando en lo que debía hacer, la tos era una advertencia incómoda, un riesgo.
Se colocó la bata y entró al cuarto de su hijo de inmediato, la habitación estaba bañada por la misma luz tenue y azulada, tardó un momento en reconocer que era lo que yacía sobre el velador de su hijo; se trataba de un gato gris, sus ojos verdes o amarillos brillantes se clavaron en su rostro, Rodrigo seguía tosiendo, cada vez más fuerte.
Siempre le gustaron los gatos, eran animales enigmáticos con los que se llevaba bien, su infancia la pasó rodeado de estos animales, sabía cómo se movían, con esa agilidad y soltura que le resultaba magnética. “Mi hijo es alérgico” recordó aliviado. Dejó de convivir con gatos cuando nació Rodrigo, porque desde bebé mostró una fuerte afectación al pelo de los felinos.
–¡Te dije que cerraras la ventana! –increpó el padre mientras espantaba al gato que enseñoreado como estaba, se demoró en salir, no sin antes emitir un gruñido de inconformidad.
–Papá es que estaba haciendo mucho calor –protestó Rodrigo.
–Espero que sea tu alergia y no te hayas resfriado –no lo dijo, pero se sintió aliviado, no era el virus, solo se trataba de la alergia.
–Papá ese es Nacho, el gato del vecino, del que te había hablado.
–Te voy a dar un antihistamínico para que puedas dormir
–¿Papá cuándo vamos a poder salir?, quiero ir a mi casa
–No sé –lo dijo con un tono indiferente, los primeros días solía tranquilizarlo diciendo que serían unas cuanta semanas, pero a medida que los días pasaban y la enfermedad se volvía más presente, dejó de ilusionar a su hijo con respuestas fáciles, no sabía cuándo iban a regresar a la normalidad, no sabía siquiera si aquella condición se iba a acabar algún día.
Luego de darle la pastilla a su hijo se quedó sentado en el viejo sillón de la sala, pensando que si su esposa no hubiera cambiado el día de visitas, esto no habría ocurrido y Rodrigo estaría más seguro con ella, en su cuarto, en su propia cama, sin gatos que lo importunaran. Al final sabía que ella disfrutaba que las cosas hayan salido así, la odiaba por eso, la odiaba por todo.
Intentó mandar un mensaje a su novia, pero era demasiado tarde, no quería pasar por desconsiderado, ella lo conocía muy poco y no quería darle una impresión errónea. Estaba nervioso, todo el mundo estaba nervioso, pero aquello no era consuelo, no importaba el resto, importaba él, y en ese instante tenía miedo, estaba ofuscado, no sabía a donde iba a desembocar todo. En tan poco tiempo las cosas habían cambiado drásticamente, bajo otro contexto la gente no hubiese aceptado un gobierno como el que se había instaurado, pero ahora el miedo había hecho que todos se allanen a esta especie de fundamentalismo consentido e incluso pedían que el gobierno tome medidas más severas.
Había demasiada información, cada día surgía algo nuevo, se hablaba de que la enfermedad se había vuelto incontenible, que los muertos se apilaban en lugares abiertos, decían que había camiones sacando los cadáveres de la ciudad. “No puedo resistir más” pensó en silencio y sacó un tabaco; empezó a fumar frente a la ventana, lo único que le disgustaba de ese departamento era la avenida que estaba en frente, siempre transitada y caótica, llena de smog, ahora sin embargo, lucía vacía y fantasmal.
Lo último que escuchó fue de la creación de un escuadrón especial, se encargaban de eliminar cualquier brote inicial del virus, ya habían perdido el interés en tratar a los enfermos, ahora solo querían eliminar a la enfermedad. Lo escuchó de un primo suyo, pensó que era demasiado exagerado, pero su primo tenía un cargo alto en el gobierno, así que asumió que aquella información podía ser cierta.
Una luz de licuadora de patrulla policial lo despertó, se había quedado dormido en el viejo sillón. Estaba alterado y confuso. Por primera vez en varios días escuchaba ruido afuera de su casa, voces gruesas, sonidos de radios. Pasó unos segundos para que se diera cuenta que había otro ruido intenso y fuerte, se trataba de la tos, Rodrigo seguía tosiendo, de forma cada vez más ruidosa.
Por un momento se quedó paralizado, pensó en aquel escuadrón. “La bruja del piso de abajo” pensó con desconsuelo, había sido ella la que lo delató cuando subarrendó su departamento a unos estudiantes de intercambio. “Seguro escuchó la tos de Rodrigo y nos delató” asumió de inmediato, aterrorizado.
Los pensamientos acontecían por su cabeza como si fueran moscas impertinentes, quería alejarlas con sus manos, pero se empecinaban más y más.
Se dio cuenta que estaba temblando, que estaba sudando y lleno de pánico, no se había movido del sillón para ver lo que ocurría abajo. De pronto escuchó que el portón eléctrico del primer piso se abría. En ese instante corrió al cuarto de Rodrigo.
–Papá la tos no me pasa –murmuró su hijo con un hilo de voz.
–Rodrigo no pasa nada, es tu alergia, el gato debió haber dejado pelos en tu almohada, no pasa nada, solo cálmate, debes dejar de toser. –intentó poner un tono de voz tranquilizador, pero era imposible amansar sus nervios, estaba hecho un papel, absolutamente lívido, seguía escuchando los ruidos y las conversaciones en la parte de abajo.
Rodrigo no paraba de toser cuando escuchó como subían por las escaleras, eran botas pesadas, había sonidos metálicos, como que arrastraran algo. Pensó que era cierto, lo habían delatado, su vecina había llamado al gobierno por la tos de su hijo y ahora habían venido por ellos.
–¡Deja de toser Rodrigo! –increpó desesperado– debes controlarte hijo.
El niño no paraba de toser y la insistencia de su padre solo parecía agudizar su afección respiratoria, la tos en ese silencio era monstruosa, descomunal, infirió. Estaban en su piso, sabía que se acercaban, los pasos se volvían cada vez más audibles. Saltó a la cama y tapo la boca de su hijo con todas sus fuerzas.
–Cállate mijo –susurró al oído de Rodrigo
El corazón le latía con una velocidad impresionante, sentía que faltaba poco para que colapse, para que explote. Los pasos se hacían cada vez más fuertes y cercanos. A medida que avanzaba el tiempo apretaba con más vigor a su hijo, contra su propio pecho.
Pensó que el tiempo nunca antes había corrido tan despacio, el silencio era cortado a momentos por el sonido de su propio corazón y por aquellos misteriosos pasos.
Pasaron unos diez minutos, cuando todo volvió a la normalidad, los pasos dejaron de sonar, como si hubieran pasado de largo por su puerta. Su corazón empezó a retomar el ritmo normal.
Fue en ese instante que se percató que el silencio ahora era más profundo, más dramático, le costó un rato darse cuenta que seguía asfixiando a su hijo, que lo había privado de la respiración durante todo ese tiempo. Una punzada brutal atravesó su corazón. No quiso apartar las manos de aquel cuerpo que todavía permanecía tibio, no quería separar sus manos y revelar lo que habían hecho. La respiración se hizo cada vez más entrecortada y el cuerpo de su hijo cada vez más flácido. Por la ventana pudo ver como se alejaba por la larga y abandonada avenida un enorme carro de la basura.
El día π
Karla Armas (Quito)
29-03-2020
El miedo lo vuelve a uno supersticioso, es lo primero que leo al abrir los ojos en el día π. Cómo toman dimensiones tan diferentes las palabras, hoy. Podría ser 40, 666, pero elijo llamarlo π por ser tan irracional como la sensación de estiramiento del día en que por fin saldremos. En un solo minuto me alcanza la ira, el encanto y la sonrisa.
Estoy casi lista para verte y todavía faltan dos horas. Nunca debí bañarme con Like a Virginde Madonna. No después de tremendo encierro y la renovada adrenalina del próximo encuentro.
He llegado a analizar el hecho de ir hasta tu departamento, timbrar y salir corriendo a esconderme para verte desde lejos. Fantaseo también con darte un beso en la mejilla y desmayar, pero mi victoriano acto seguro fracasaría con algún tropiezo propiciado por mi torpeza natural.
La verdad, pensé seriamente en aislarme dos semanas más, por precaución, eso te diré. Espero no notes el brillo de mis ojos cuando lo diga. Quizás te gritaré de lejos que no quiero ver a nadie, que ando enamorada del aislamiento.
En el espejo este cuerpo me es casi ajeno. Será que vuelvo a sentirlo mío con tus caricias. Mi tacto no recuerda más tu pecho. ¿Cómo será besarte después de tanto tiempo, qué universo crearemos en la explosión del primer contacto del día π? Qué hermoso sería ver las pelusas flotando cerca de ti, reflejadas por el sol que llega por la ventana a bañar nuestros cuerpos, con Bowie de fondo.
Pero no hay sol en el día π.
Me siento antiséptica, empacada, pulverizada, renacida. Hecha un ABC como diría mi mecánico, como si fuera una máquina. ¡Qué calendarios Pilsener tiene mi mecánico! Una fiesta curvilínea con colores nacionales es lo único que cuelga de las paredes de su despacho donde la primera vez que me recibió, me explicó de la importancia de las pastillas de freno. Me siento un poco gorda, ¿es válido sentirse así justo antes de verte? ¿Cómo estarás tú?
Te re proporcionaré. Volveré a conocer cuánto pesa tu torso sobre mí. Miraré tus formas y como si de lentes se tratara, ajustaré mis corneas a tu vientre, a tus piernas, a tu sexo. ¿Será siempre placentero el ajuste? ¿Tus animales reconocerán a los míos? ¿Hablarán en lenguas, nuestros dedos? ¿cantarán las gaviotas de tu pelo las alabanzas que calman a mis serpientes?
Una mosca ha entrado a posarse en mi taza a medias. ¿Será que las veredas no dejan a los amantes correr al ansiado encuentro por estar inundadas de maleza? ¿Qué pasará en la playa, sin mí?
El día π parece cualquier otro día. Las grietas de mi pared siguen teniendo un dragón, dos enanos y una daga en la mano de una Lady Macbeth miniatura. ¿En el techo de tu cuarto, seguirá esperándome el conejo?
Me arreglo en el espejo. Arreglarme, qué palabra. ¿Anatómicamente habrá arreglo para los cuerpos que no encajan? ¿Las bocas se arreglarán hoy para encontrar los intersticios de otras bocas que desacostumbradas a su presencia han mutado?
Mejor un café. Nos veremos ahí. Hablaremos de todo. Dejaré una maleta en el auto. Lo básico, dos calzones, tres camisetas y el terno de baño. Nunca sabe una cómo terminará el día π.
Muros
“El lenguaje comienza en la oposición: el día y la noche”.
Lacan, J.-M.
Damián Ortiz (Quito)
03-03-2020
El sol caía ocioso tras el Pichincha y me preguntaba —recostado en el sillón de mi sala, viendo por la ventana… ¡viendo la ausencia de los caminantes, de los autos en las calles— ¿si habría algún sentido en el ocaso o en la mañana más que el ritmo hueco de nuestras rutinas, la eternidad súbita de nuestras alegrías y los silencios sordos de nuestros dolores?
Arrastrado o, queriendo atrapar al sol que caía, mis ojos fueron cerrándose: ya llevados largo tiempo por el aburrimiento, cansados de casarse. Antes del final de la cuenta infantil y su cuarentena: “1, 2, 3…, 40 ¡voy a buscarlos!”, antes de que el Pichincha fuese su escondite: la vi un segundo frente a mí y la perdí.
Salía de mi casa. Lo vi sentado donde antes yo lo había estado. Vi a quien ella, guiada por sus anhelos tan huidizos a mis pensamientos, tan inesperados para las promesas, ¡tan hirientes para nuestros recuerdos!, había confesado amar.
Inesperado y desagradable encuentro. Lo ignoré, y recibí una llamada. Ruidos vagos, luego su llanto.
“¿Dónde estás R.?, ¿dónde estás?”, dije preocupado.
Sollozos y una corta respuesta entre suspiros: “me duele”.
“¿Quieres que vaya?… no, no por supuesto que no, discúlpame”.
“Lo siento, adiós”, oí y colgó la llamada.
Seguí mi camino fuera de mi casa y recorrí pensativo los jardines de mi infancia, ¡en qué rincón no me había escondido entre risas! Próximo al muro medianero, sintiendo una presencia, di media vuelta: él me seguía junto a otros. Amigos hace tiempo, alguna vez conocidos.
“¿Dónde dijo R. que está?”, me dijo amable. “No me lo dijo”, respondí e hice el gesto de irme, pero insistió y su sequito se mostró amenazante. “No lo sé, en serio, no me lo dijo”.
Intenté torpemente seguir mi camino y, luego de dar algunos pasos y encontrándome frente al muro, regresé a ver de reojo. Multiplicados, ahora decenas, se acercaban: “Créanme. —protesté atemorizado— Pero… debe ser muy lejos”, agregué recordando su llanto.
Me rodearon y, sintiéndome tragado por la sombra de aquellos que me preguntaban algo imposible de responder, desperté viendo a la extensión de la noche. Y permanecían aquellos muros… ensombrecidos de luz mortecina, impertérritos, silentes que me retenían, y otros más insalvables que la hacían infinitamente lejana.
¿Qué es la casa en cuarentena?
Santiago Campos (Quito)
27-03-2020
¿Qué es la casa en cuarentena?
La posibilidad del encierro,
la jaula para el animal
que olvidó hace tiempo
para qué sirve el horizonte;
la apatía de lo posmoderno,
la posibilidad de los que la tienen.
¿Qué es la casa en cuarentena?
El sueño crudo de los sin techo,
el amargo encierro de la violencia,
el confinamiento, el hambre, la pérdida,
el espacio de la ausencia,
escondite de este tiempo desprendido.
¿Qué es la casa en cuarentena?
Me pregunto desde la comodidad de la familia,
desde la mañana que no le teme a la tarde
porque sabe, que pasará y llegará la noche
a parir una nueva estrella.
Cuando me pregunto por la casa,
me pregunto por aquella que no es mía,
por esos rincones donde jugué al niño
y descubrí que las manos se ensucian
para ver en ellas la experiencia.
Me pregunto por aquella casa
vigilada por un perro
donde imagino, algún día,
recibiré las mejores noticias.
Esas casas que no existen
porque les faltó tiempo
y nos dejaron más abajo del pecho
esa sensación que llamamos recuerdo;
y otras que no existen
por falta de vida
y son juego de niños
que se empiezan a hacer viejos.
¿Qué es la casa en cuarentena?
No puede ser el espacio
porque entonces habitaríamos el encierro;
tampoco puede ser el tiempo,
nos deprimiría la espera.
Tal vez, pueda ser la compañía,
para quienes la tenemos,
pero la estadística rebotaría en la cara
devolviéndonos la pregunta
¿Qué es la cuarentena, en casa?
Insisto,
por falta de funcionalidad
y me pregunto desde esta ocupación de la mañana,
desde la individualidad de mi espacio,
desde el lado seguro de la ventana,
y lo hago, no sin un rastro de vergüenza,
no sin tres dosis de impotencia,
me pregunto, aunque no sirva de nada,
aunque nadie por las letras se salve,
aunque el mundo le tema a su reflejo.
Me pregunto, por la inútil necedad de la conciencia,
¿Qué es la casa en cuarentena?
Y no sé encontrar respuesta
para esta ansiedad que recorre la casa
se estalla contra la soledad de las calles
se levanta junto a las fieras,
y nos devuelve el más seguro temor,
ante la realidad que nos supera.
Quitados los disfraces del mercado,
desnudos de todo artificio,
impotente la magia,
clausurada la ciencia,
en casa de nosotros mismos,
bajo el amparo de nuestra santa y sola presencia,
preguntando desde nuestro silencio
respondiendo desde nuestra voz cerrada
valdría repetirnos,
aunque sea por matar al tiempo
¿Qué es la casa en cuarentena?
Conversaciones internas del ser
Patricio Calderón
28-03-2020
El hombre no teme morir, el hombre teme su inexistencia, piénsalo –me dije y continúe– si el humano tuviera la certeza de una vida mejor, seguro correría a la muerte. Es una lástima que no sea así –respondió mi yo interior– Mira –agregué– esto del virus ha arrojado varios datos sobre el humano y su ser. Para comenzar nos recordó lo egoístas que podemos llegar a ser, nos recordó lo efímera que resulta la vida y no nos olvidemos de la siguiente enseñanza: somos desechables, seres condenados a morir. Luego de convivir con la muerte, luego de tomar un café mientras la ves en la mesa de al frente, te das cuenta de que no es tan desagradable, no es como te la pintan en cuentos e historias, luego de convivir con ella, la aceptas y es ahí cuando aprendes a disfrutar la vida. Y eso mi estimado, es algo que mucha gente no ha logrado aún.
Fui directo a la cocina para preparar el almuerzo mientras pensaba en que la cuarentena no suponía un gran cambio en mi estilo de vida. Mi rutina consistía en despertar, ducharme, desayunar, salir al trabajo, volver a casa, merendar, dormir y a continuación repetir la misma historia. No obstante, el cambio se dio en mis fines de semana, días que aprovechaba para visitar museos, caminar en parques reflexionando sobre el ser, y relajarme respirando el aire puro que estos ofrecen. La cuarentena no me obligó a separarme de mis seres queridos, perdí a mi madre a los diecisiete años y desde su muerte no volví a involucrar mis sentimientos con alguna persona.
Prendí la televisión y la tónica sobre el virus dentro del país seguía siendo la misma, un flash informativoa la hora establecida para informar los casos de covid confirmados, los casos descartados y los decesos por causa del virus y en las redes sociales los datos no oficiales.Con la cuarentena vieron también los pseudointelectuales, críticos del nuevo milenio, paranoicos y sus teorías conspirativas, donadores anónimos y donadores que preferían darse a conocer, especialistas de la mente que recomendaban un prototipo de vida a seguir en esta cuarentena –me reí burlonamente- No faltaron los críticos del gobierno y los críticos de la iglesia. La cuarentena nos mostro dos rostros diferentes en el ser humano: la “humanidad” por un lado y el ego y el narcisismo por otro.
-No es de extrañarse, Camus ya lo había dicho en La Peste, en una situación de presión sale a flote lo peor y lo mejor del ser humano –me dijo mi otro yo– es triste decir amigo mío que siempre va a ser mayor la medida de “lo peor”.
-O talvez la subjetividad humana esta orientada a dar más peso a lo negativo, antes que a lo positivo. Talvez no todo es malo –respondí.
Juan, el único compañero que mantenía desde el colegio me llamó desde su terraza para quejarse de su mujer. El confinamiento había sacado la parte narcisista de ambos y la convivencia estaba resultando casi imposible. Hay veces que prefiero entrar al baño a ver videos de cualquier índole en lugar de estar junto a ella viendo su novela me decía. Mi cordura y tolerancia esta siendo puesta a prueba continuaba. Yo escuchaba y reía. Luego de varios minutos de quejas y risas me despedí.
Que importante es elegir bien a tu pareja –dije a mi otro yo– pero mas importante es tener un espíritu fuerte que te haga aprender incluso en la situación menos difícil, luego de atravesar un infierno por más pequeño que sea, gracias a tu espíritu el sufrimiento será transformado en sabiduría. O renaces o te destruyes.
-Crees que este sufrimiento ayudé en algo a la humanidad –contestó a lo que dije– deberíamos aportar de alguna manera.
-Espero que genere una reflexión acerca del cambio climático, sobre la economía, acerca del sistema de salud con el que cuenta cada país y por supuesto que se genere una reflexión sobre el control de natalidad, estamos en sobrepoblación, lo sabes muy bien.
-¿Crees que de alguna manera el mundo está realizando una purga? –preguntó.
-En verdad no tengo ni puta idea, solo sé que la sobrepoblación es un hecho, y si debo ayudar en eso, no tendría problema en morir –Luego de decir eso hubo un largo silencio en mi interior. Cuando me acosté a dormir pensé unos instantes en lo que dije y el silencio invadió el resto de la noche. La tarde era gélida, la vecina chismosa se había dado cuenta de que el joven misterioso del tercer piso no había salido de su departamento ya en tres días, así que decidió notificar lo acontecido a las autoridades. No se equivocó, su “chisme” permitió la extracción del cadáver.
De memorias y océanos
Bryan Cajas (Quito)
29-03-2020
¿Han escuchado antes la frase: “los peces tienen corta memoria y son incapaces de reconocer su entorno”?, ¿les han dicho: “memoria de pez”? A mí me ha pasado. Pero esto no es tan cierto que digamos, de hecho, la Universidad MacEwan, en Edmonton (Alberta, Canadá), lo desmiente en su investigación hecha en varias especies de cíclidas africanas. Dicha investigación sostiene que determinados peces recuerdan hasta doce días después, previo entrenamiento, los lugares seguros de alimentación y formas de escape de sus depredadores.
Pues, ¿a qué viene todo esto? Sencillo: una pequeña historia de encierro. Hace un par de años me formulé una metáfora útil: “o morir en una pecera o en el vasto océano, la decisión es vuestra”; la pensé demasiado en sus días y no la he podido sacar de mi mente ahora que la volví a encontrar. Esta está dedicada a mi tía-abuela Blanca, una mujer de noventa y tres años que padece de Alzheimer desde hace un poco más de dos. Ya no sale de casa, se rehúsa a comer, anhela volver a su tierra natal, Guano, sufre episodios de ira repentina, días de lucidez (pienso que nos engaña y lo hace solo para que no la molesten), llora, se desespera, no duerme, grita, sufre.
En sus mejores días, nada comparables con su encierro actual en casa, caminaba cual quinceañera por toda la ciudad, fabricaba alfombras hechas con sus propias manos en su viejo telar artesanal (extraño mucho ese telar), reprendía a todos con justas razones, cocinaba para todo un batallón, se levantaba temprano día tras día para “ganarse un mediecito” cono ella decía; se levantaba para vivir.
De expresiones faciales notorias y habilidad incomparable para regañar, lograba con tan solo una mirada penetrante que cualquiera de nosotros, los primos más pequeños, hiciéramos lo que se le antojara: desde respetar a nuestros mayores y dejar bien limpios los platos a la hora de comer, hasta parar el llanto al consolarnos con un fraternal abrazo, (de los mejores que he sentido jamás). Con su cabellera bicolor y su infaltable sombrero representaba, y lo hace aún, la unión familiar y la esperanza de días mejores.
Nacida en el periodo de entreguerras, vivió en carne propia varios episodios nacionales importantes: las cinco presidencias del caudillo Velasco Ibarra, la Guerra del 41, la dictadura militar del 63, el descubrimiento de yacimientos de petróleo a finales del mismo año, dictaduras civiles y militares posteriores, el retorno a la democracia de la mano de Jaime Roldós, gobiernos progresistas y socialcristianos, la Guerra del Cenepa, presidentes locos y usurpadores, la dolarización, golpes de estado y caídas de más de un presidente constitucional, la revolución ciudadana, y el Covid-19.
Aunque de este último no tiene conciencia, y posiblemente de los anteriores tampoco debido a su enfermedad degenerativa, la comparo con un tiburón de múltiples heridas de batalla en la piel ganadas con los años, con un tiburón que fue alcanzado por el exhibicionismo y puesto en cautiverio en un acuario que día a día va perdiendo su luz, va perdiendo su espacio, y va perdiendo peces que comer.
¡Pum! Tras varias luchas y golpes certeros contra las paredes se convirtió de a poco en un pequeño pececillo indefenso y renegado que nada quiere saber de su realidad y del mundo, que se acuesta siendo una y se pone de pie siendo otra, que una semana recupera su lucidez y que la próxima olvida como caminar, que tras doce días de entera calma llegado el décimo tercero desata su furia con todo aquel que esté a su alrededor, que cambió su vasto y azul océano por una pequeña pecera cuadrada y oscura con agua cristalina y sal casera a falta de insumos adecuados, que cambiará la vida por la muerte, que nos dejará y se reencontrará con su hermana en otra dimensión desconocida por el ser humano, que ya no andará por la ciudad y aprenderá a volar junto a las gaviotas, que regresará a su casita en Guano y allí habitará hasta que le demos el encuentro.
A todo esto, este encierro me va convirtiendo en un delfín, y despierta mi hambre por escribir y recordar más y más, recordar para no terminar como pez de acuario sacado a relucir por lo bello de su hábitat artificial y olvidado a la hora de la merienda, con el riesgo de que un gato mortal me arrebate la vida cuando quiera tomar aire fresco en la superficie de mi habitación.
El búnker
Alex Manosalvas
29-03-2020
En algún lugar de Quito
Era de noche cuando nos hacinamos en el búnker y pronto nos acomodamos como pudimos, los niños y las mujeres en las literas y los hombres nos turnábamos el piso y las sillas. Nadie se quejó de la distribución ya que estábamos convencidos de que los rescatistas vendrían pronto por nosotros. Repartimos la primera ración: agua, galletas enconfitadas y caramelos; no había necesidad de organizar un festín y acabar con las reservas. El cura nos reunió y nos obligó a tomarnos de las manos y rezar, nos arrodillamos y repetimos cada una de sus palabras, unos con fe y otros por impostura, pero todos con un desánimo inevitable. Decidimos apagar las luces a media noche y no mal gastar energía en caso de que nuestros salvadores pudieran retrasarse, hecho, sin duda, desalentador, pero posible dadas las circunstancias y el ritmo tan acelerado en que se suscitó la peste.
Un viejo radio de transistores me despertó, la voz entrecortaba y lisérgica, no atinaba a darnos ningún mensaje claro, algo menos desesperanzador que las intermitencias y el ruido. Tratamos mil maneras distintas de captar una señal, sin embargo, dada la naturaleza subterránea de la construcción, solo supuso una pérdida de tiempo. El gobierno cimentó estos fortines décadas atrás con el único propósito de protegernos de una posible invasión, ataques nucleares o pandemias. Muchas de los suministros así como el equipo técnico pertenecían a remotos tiempos pretéritos. Apenas unos cuántos kilómetros separaban los refugios, entre los ciudadanos corría el rumor de que estaban conectados por inmensas galerías, haciendo más fácil el aprovisionamiento. Eso fue lo primero que quisimos comprobar y no hallamos más que paredes desconchadas, una sección anegada y un derrumbe que llevaba a otras dependencias.
Ese día me vi reducido por un dolor en el cuello y la espalda que me quedaron luego de que nadie me relevara de la silla. Me dejaron recostar en una de las camas un par de horas a fin de recuperarme, después de todo, mi ayuda resultó ser valiosa y me atrevo a decir, sin envanecerme más de la cuenta, indispensable. Fingiendo que dormía descubrí que quien no cambió de puestos conmigo había sido el maldito Villana, un cerdo al que le tiré todos los dientes porque que se atrevió a molestar a mi novia. Podría levantarme y partirle la cara por puro gusto o por aburrimiento; una idea que voy a considerar si seguimos aquí más tiempo.
Resolvimos alimentarnos una vez por día, en tanto no tuviésemos la certeza de que los cuerpos sanitarios o los militares deambularan en las cercanías, no podíamos permitirnos tener tales privilegios. La segunda comida fueron alubias enlatadas, pan de molde y un desabrido té negro que procuramos disfrutar. Me irritaba ver a los niños quejándose de hambre, odiaba las miradas de conmiseración que me echaban, aconsejados por sus padres, para conmoverme y que les diera un poco más, aunque fueran migajas. Tenía suficiente con los escasos medicamentos que los ancianos dada su delicada condición, no admitían equivalencias de ningún tipo. Clausuré la despensa, desentendiéndome por completo de la responsabilidad de multiplicar los panes y los peces. Convenimos que las raciones militares las guardaríamos para más adelante y con suerte, ni siquiera tendríamos que usarlas.
Llevamos varios días encerrados y nadie ha venido a vernos. No nos atrevíamos a salir por miedo a contagiarnos. Nadie sabía con exactitud de dónde salió el virus ni cómo afectaba a los seres humanos, era la epidemia más terrible a la que nos vimos enfrentados, una plaga que diezmaba ciudades enteras en cuestión de días. Nuestro pequeño país no estaba preparado para una catástrofe de magnitudes tan desproporcionadas; Pandemiaera una palabra nueva para muchos, estaban más familiarizados con las guerras y temporales furiosos, que con enfermedades asesinas. La red dejó de funcionar apenas un par de horas después de que anunciaran el primer brote, enseguida las comunicaciones se restringieron para uso exclusivo del gobierno. En la calle se escuchaban historias divergentes y gran parte de la población optó por ignorar la orden de refugiarse, creyendo que en sus casas estarían seguros. El hecho de que no hayan venido a buscar ayuda implica que están muertos. El imbécil de Villana, conocido entre las gentes por sus algazaras, se desesperó y estuvo a punto de abrir la puerta, pero yo, tan sagaz como me creía, me adelanté a sus intenciones, tomé un martillo y destruí el panel haciendo imposible abrir la puerta desde dentro, ahora la única forma en la que podíamos salir era volando la puerta con explosivos. El puerco me increpó frente a todos, desaprobando mi comportamiento, tachándome de ruin y deleznable, de dictador; contuve mis nervios haciendo uso de todo mi vigor para no reventarle el cráneo ahí mismo. Me prometí que esa sería la última vez que le permitía hablarme así, para mí no era más que un parásito del que podía prescindir en cualquier momento que me diera la gana. El incidente se olvidó de prisa de cara otro más importante se produjo pocos días después, tuvimos que hacer un baño auxiliar en una de las salas más alejadas ya que algunos se descompusieron porque las raciones estaban en mal estado, nadie se fijó en la fecha, en parte porque la tinta ya no era visible, y tras la apresurada ingesta hubo toda clase de espectáculos repulsivos. Tan solo una pequeña cantidad podía consumirse, quisimos destruir el resto para no confundirnos y terminar enfermándonos, pero, por supuesto, hubo quienes sucumbieron ante la desesperación e ignorando las advertencias, apostaron por arriesgarse y seguir engullendo las raciones. Para entonces los aperitivos con que engañábamos el hambre ya se habían terminado. El agua empezó a escasear, las canaletas se secaron al sexto día y las botellas no alcanzaban para todos por lo que bebíamos de las tapas, turnándonos entre uno y dos sorbos, dependiendo de la fortuna que suponía que tu nombre apareciera escrito en un papelito que se sacaban de una caja. En las noches me aseguraba de que todos estuviesen dormidos para escabullirme y esnifar un poco, me sobrecogí al ver que ya no quedaba mucho en la bolsa que compré antes del brote. Si tan solo me hubiese hecho con unos gramos más no tendría que verme en la difícil situación de dosificarme con la llave.
La muerte había reclamado a su primero, desatando la histeria colectiva e inaugurando la lista de los condenados. Se trataba de un niño, el hijo de un matrimonio joven que se instaló en los residenciales el año pasado. La tristeza era casi palpable, nos ocupó a todos con sus frías caricias. Los padres dejaron de comer, los otros niños renunciaron a los juegos y los jóvenes, haciendo uso de la facultad de la arrogancia, nos desentendimos del dolor viendo con acritud como llegó el segundo, el tercero y el cuarto. Empezamos a apilarlos en uno de los cuartos más alejados, la preocupación iba en aumento igual que los cuerpos, las raciones se terminaba y el olor pútrido se esparcía por todo el búnker. El horror nos sobrevino cuando un vecino, sin atisbos de remordimientos ni vergüenza, propuso que debíamos comernos a los fallecidos si no queríamos ser los siguientes; por primera vez desde que descendimos, el silencio se reveló ocupando todo el espacio, sometiéndonos a su oscura voluntad. Tal sentencia nos escindió dando lugar a acaloradas y funestas discusiones entre posturas bien marcadas, definidas por la fe o un antinatural y primitivo instinto de supervivencia. El debate continuó un día más y los que nos oponíamos a tan ominoso propósito, éramos cada vez menos. Villana propuso iniciar con los niños, agarró a uno de los pocos que quedaba por el brazo y yo, al ver que sus cómplices y sus padres se enjugaban la boca, usé el martilló y le abrí la cabeza de un golpe. El cuerpo cayó sobre su espalda y seguí dejando caer mi brazo sobre su cara, disfruté de cada porrazo y continué hasta que no quedó más que una cárdena masa informe. Nadie hizo el intento de detenerme y cuando hube acabado, empezaron a devorarlo. Ese cura estúpido quiso evitar el sacrilegio y solo consiguió ser parte del festín como plato principal. Nunca atestigüe algo tan pavoroso como ver a los niños royendo el cuerpo, todavía vivo, del prelado. La consecuencia de mi irascible talante abrió las puertas del infierno, ya no estábamos seguros cerca de ellos así que tomé al niño en mis brazos, reuní a los que todavía conservábamos nuestra alma y nos encerré en la cocina con unas pocas provisiones que, sin que nadie lo notara, escondí en mi egoísta naturaleza. Sabía que luego de tal atrocidad, vendrían demandas más oscuras, impensables, y pese a lo degenerado que yo podía llegar a ser, aquello me parecía inadmisible. Los vimos desde la escotilla ir consumiendo a los que no pudimos traer y a los cadáveres que amontonamos en la habitación lejana, los golpes que daban tratando de irrumpir en nuestras estancias nos helaban la sangre, ya ni siquiera hablaban, gruñían y hacían sonidos indescriptibles. Lejos habían quedado su humanidad dando paso al surgimiento de bestias, lo que más me aterraba pensar era si también nos veríamos obligados a atravesar ese proceso, que terribles podíamos llegar a ser, si criaturas tan espantosas vivían dentro de nosotros, esperando el momento preciso para salir. No querían ser devorados ni devorar, así que fui envenenándolos de uno en uno, me dejé para el final, quería vivir un poco más, sería el egoísmo o que siempre quería llamar la atención, no sé. No estoy seguro de cuántos días pasaron, pero no salí hasta que los otros terminaron por devorarse entre ellos y a sí mismos. Cogí el martillo y acabé con el último que quedaba, no pudo defenderse porque cuando estuve junto a él ya se había comido sus manos. Caminé tratando de no oír el sonido que hacían mis pasos en el charco escarlata, me resbalé un par de veces en trozos de carne que se adhirieron a mis zapatos como légamos de campos infernales. Escuché la voz que se filtraba por las rendijas de la radio, repitiendo con su habitual tono entrecortado y lisérgico que la epidemia no era real, que nunca lo fue. Me dejé caer junto a la puerta de salida y sonreí. En ese momento me habría venido bien esnifar un poco, solo para estar más tranquilo.
Llevamos varios días muertos y nadie ha venido a vernos.
El tiempo se detuvo para vivir
Karina López Pino
(Cuenca)
28-03-2020
A inicios de marzo del 2020, los días se hacían sentir por la intensidad del sol y las sorpresivas lluvias repentinas sobre los cielos cuencanos, yo estaba saturada, estresada, preocupada y ansiosa porque me faltaba tiempo para escribir, para mantener vigente mi página en Facebook denominada La pasión por Escribir, para cumplir con mi rol de esposa y madre. A esto se sumaba el interés de pasar un examen psicométrico que sería la puerta de ingreso para la segunda etapa, una prueba técnica que mida mis conocimientos y así lograr obtener un trabajo “seguro” en el sector público.
Las manecillas del reloj pasaron de prisa sin misericordia alguna. En medio de mis preocupaciones personales escuchaba sobre el impacto del coronavirus en China, Italia y luego Ecuador. No puedo negar que este tipo de noticias impactan y dañan el equilibrio mental y emocional. Suena cruel, pero la vida siguió con nuestras propias preocupaciones y aspiraciones hasta que de repente algo se salió del orden establecido. Para el lunes 16 de marzo la esperada prueba técnica fue suspendida. La entidad estaba vacía no había movimiento, dinamismo, vida. Observé gente con una carga de preocupación que se reflejada en sus rostros, otros aún no dimensionaban el impacto de lo que se nos venía y continuaban dando ese abrazo sentido que como preámbulo tiene ese estrechón de manos, el beso en la mejilla hasta que la frase “que más cholito, cómo has pasado”, cierra ese ritual del saludo propio de los serranos.
Con ese choque emocional de no haber podido rendir la prueba me regresé por la autopista Cuenca-Azogues. En el trayecto precisé la necesidad de cumplir con mis obligaciones del hogar, la prioritaria comprar las carnes para los menús diarios de los cinco miembros de mi familia; antes no lo había hecho porque mi enfoque estaba en el estudio de las Relaciones Públicas y la Comunicación Social.
Al llegar al mercado empecé a dimensionar la difícil situación: la gente caminaba como zombi, alejada y distante, enojada y preocupada, con mascarillas y guantes. Filas largas observé en el local de venta de huevos, era como si la gente se aferrara a la idea de que con tres cubetas de huevos se podría resistir a los días de encierro. Quizá los huevos sean la mejor opción para la economía de un hogar de clase media con mayor número de integrantes; otros con más dinero compraban mariscos y carnes. Los vendedores decían una y otra vez una frase que sonaba programada o memorizada: “estamos viviendo los últimos tiempos, de todas esas pandemias y muertes habla la Biblia”.
En honor a la verdad examiné un comportamiento diferente en las señoras vendedoras estaban mucho más amables, pacientes, no gritaban. Sin regatear el precio o el peso ellas mismo ponían las yapas en las fundas. Supongo que ese comportamiento obedece a la necesidad de portarse bien para ser agradables ante los ojos de Dios y alcanzar la misericordia que tanto necesita el mundo.
No fue una experiencia placentera el comprar con una mascarilla que no permite respirar y mantener un diálogo entendible. En el interior del vehículo encontré mi zona de confort al poder disfrutar de lo maravilloso que es respirar sin nada que cubra la nariz y la boca.
Abandoné el mercado y fui a un centro comercial para adquirir las famosas carnes rojas (que tienen la fama de ser más suaves por el tipo de cortes). El objetivo no lo pude cumplir porque no había producto disponible. Imaginé que el desabastecimiento ocurría solo allí y fui en busca del administrador para consultar si en las otras cadenas lo podía conseguir. La respuesta fue negativa debido a que la gente estaba asustada llevándose todo cuanto podía pagar en efectivo o tarjeta de crédito.
Lo que debe perdurar
Encontré personas dedicadas a cuidar de nuestra asepsia. El alcohol fue roseado al ingreso y a la salida y lo mejor aún que el manubrio de la canasta o carrito de compras también tenía limpieza personalizada. En tiempos difíciles nos ha tocado recordar normas básicas para la sobrevivencia humana. Esperemos que una vez que pase esta triste historia que ya se ha llevado consigo más de 29 mil personas muertas, en un abrir y cerrar de ojos, podamos ser más cuidadosos y las cadenas comerciales, negocios y huecas ofrezcan siempre jabón y agua para el lavado de las manos de sus clientes. Y que todos nosotros recordemos que la limpieza es básica para poder dejar esa enseñanza a las nuevas generaciones.
No estamos acostumbrados a detenernos
Tras ese recorrido por los centros comerciales en busca de carnes rojas regresé solo con lo que adquirí en el mercado. El 16 de marzo fue el último día que he salido de casa. Fue un choque emocional el saber que la muerte asecha a través de un virus que no permite respirar y que al ser algo nuevo no hay una vacuna y un tratamiento efectivo para salvar a los contagiados. Siento esa impotencia de saber que la vida dio un giro y que con gran verdad nos ha tocado reconocer que somos nada ante la voluntad de cosas que se salen de la ciencia y del poder.
A estas alturas del panorama ya no importa el horario porque tenemos un día entero, días enteros para permanecer en casa sin ese susto de llegar tarde a la escuela, de pelear contra las manecillas del reloj para llegar al trabajo. Nos ha tocado acoplarnos a mirar las necesidades en detalle. Este tiempo ha servido para limpiar y poner en orden la casa, para disfrutar del tiempo en familia, del desayuno, almuerzo y merienda. Los niños y adolescentes de casa disfrutan de la preparación de golosinas, así la cocina se ha convertido en ese lugar acogedor y de encuentro familiar.
La tecnología sigue siendo una de sus prioridades, la pequeña se recrea con el gato Tom, la más grande con los tik tok, cuyos videos los sube en su cuenta privada. Y la más jovencita la pasa bien chateando con sus amigos y pretendientes. Los deberes, el copiado de las materias, los juegos de mesa y el arte también forman parte de nuestras actividades. En estos días hemos aprendido que el pintar mándalas nos permite aflorar nuestro lado creativo y nos permite mantener la calma. Definitivamente, el arte es nuestra terapia para superar los días de encierro.
Toque de queda y ¿qué de los que trabajan en la noche?
En el día la pasamos bien pero cercana la noche no deja de ser una preocupación que mi esposo se llegue a contagiar con el temido virus. El primer día del toque de queda él debió salir a cumplir con su turno de trabajo y los que nos quedamos en casa teníamos una preocupación latente. El turno no duró mucho tiempo llegó antes de lo esperado y claro, directo al protocolo de limpieza. Antes de traspasar la puerta sumerge sus zapatos sobre una tina con cloro y se muda de ropas; lava sus manos y se echa alcohol. Es actividad de todos los días ducharse y lavar su ropa.
Los primeros días fue bastante extraño verlo llegar a las 21h00, en consideración de que normalmente su horario culmina a la madrugada. Con su aporte diario en el área de prensa se suma a ese trabajo de hormiguitas para imprimir El Mercurio, el primer periódico regional.
Estos han sido días para disfrutar de veladas más largas que junto al aroma de un café caliente o de una copa de vino y de un buen libro nos deleitamos en pareja.
Aplausos para los héroes del mundo
Ya nos hemos acostumbrado a salir a las 19h00 de todos los días a nuestras ventanas. Los pitos y los aplausos se van sumando para agradecer a todos esos héroes del mundo que son sus trabajos y oficios riesgosos (recolección de basura, vendedoras de productos de primera necesidad, policías, enfermeras, médicos, etcétera) siguen en pie de lucha. Algunos de nuestros médicos ya han sido contagiados de este virus y sus colegas siguen salvando vidas, esto es muy loable. A ellos y ellas nuestra gratitud y admiración.
Distanciamiento social
Llevados por el miedo estamos aprendiendo a mantener ese distanciamiento social. Todos permanecemos en casa y es casi raro mirar a los vecinos en sus ventanas o en la puerta de ingreso; todos pasan dentro de casa. Las grandes puertas de madera están cerradas y no hay ruido de los carros. Solo se observa el caminar de los perros y el hermoso trinar de las aves que parecieran danzar con el viento y las ramas de los frondosos árboles.
En esta semana escuché el golpe de la puerta y desde la ventana miré. Era mi vecina con golosinas en sus manos. Ella, es la figura más cercana a lo que representa a una abuela, con su cachina elegante siempre está preparando golosinas para sus hijas y por la gracia de Dios mi familia también se beneficia de su arte culinario. En el transcurso de estos días me trajo una colada de capulí conocida como el jucho o pulcha perro. Um que sabroso fue disfrutar de una colada que la tomaba cuando era una niña.
En tiempos de coronavirus no podemos conversar y ella al ser una persona de la tercera edad debe cuidarse aún más, de allí que su acometido fue convidarme sus comidas con ahorro de palabras; fue oportuno el lenguaje semiótico.
Un tiempo de gracia
Todo cuanto sucede en nuestras vidas tiene una profunda enseñanza. Antes de que la pandemia originada a finales del 2019 nos diera la estocada sorpresiva vivíamos esclavos del tiempo, de las obligaciones, responsabilidades y negocios. En muchas ocasiones precisábamos que no hay tiempo ni para enfermarse, pero este diminuto y letal enemigo nos demostró que las fronteras se pueden cerrar, que los trabajos quedaron en segundo plano, que los negocios tendrán que esperar y que la vida se puede escurrir en cuestión de segundos; prueba de ello son los más de 29 mil muertos.
Este encierro obligatorio nos ha coartado la libertad para seguir en nuestro mundo distante en el que estábamos olvidando la importancia de abrir los ojos y agradecer, de la importancia de un abrazo y de una palabra de aliento. Este es tiempo para reencontrarnos y exigirnos ser mejores seres humanos (más solidarios, más empáticos, con tiempo de calidad y calidez).
Como lo había dicho anteriormente ya no es necesario estar esclava del despertador, desayunando a prisa lo primero que aparece en la alacena. Las cosas se hacen con más calma y se disfruta de cosas pequeñas que no tienen precio. No hay estrés y por ende no hay mayores disgustos. Estamos aprendiendo a conocer los gustos de los miembros de la familia, miramos la belleza de la naturaleza y somos cómplices de los sueños de nuestras hijas.
Al estar más personas en casa hay mayor colaboración y la tarea de mamá es compartida y hasta divertida. Por ejemplo: la cama ya no la tendemos de inmediato, las sábanas, colchas, edredones y almohadas son sacadas al sol. Como en los tiempos antiguos, en horas de la mañana tomamos el sol en el patio posterior de la casa con tiempo suficiente para reír.
Al no poder abrazar y disfrutar de la presencia de los demás seres amados nos ha tocado volver a dar uso al teléfono que pasaba arrinconado y olvidado. A los tiempos se escucha el sonido de los teléfonos inalámbricos o de disco, medio oportuno para hablar con los padres y familiares. El teléfono sigue siendo útil cuando colapsa el internet.
En estos días extraño mucho a mi Mamita Yeya, ella es mi abuela y tiene 92 años de edad. Los fines de semana era imperdonable la visita en el geriátrico. Son dos semanas que no la veo y debo conformarme solo con escuchar su voz por el teléfono. A sus 92 años de edad, dice que oye, pero no entiende y me dice mija: ¿cuándo pasará este virus?
Dice que no está asustada que en sus tiempos de juventud ya vivió la crisis de la fiebre amarilla, incluso recuerda que algunas personas fueron enterradas vivas por la dinámica de esa enfermedad. Nuestra conversa es muy corta pero cerca de finalizar nuestro diálogo precisa: “mija no sabes cómo se me hace agua a la boca comer un hornado con una cervecita. Apenas pase este virus te espero para que comamos juntas”.
Para las personas de la tercera edad esta situación del COVID 19 debe ser mucho más difícil, por su vulnerabilidad y por esa ausencia de seres con quien sentirse protegidos, amados y mimados.
La tecnología un buen aliado
En estos tiempos donde el miedo se hace presente es necesario agarrarse de las promesas de Dios para con fe declarar que vendrán días mejores. Las predicas y las enseñanzas son claves para alimentarnos de manera espiritual. Así, la tecnología ayuda mucho para que los miembros de la iglesia podamos estar conectados en un mismo sentir. El primer domingo de encierro fue un privilegio escuchar la predica a través de la pantalla. En tiempos difíciles nada más placentero que encontrar gozo y paz.
Una paz que solo proviene de aquel Arquitecto de la vida. Con tantos de días de encierro y con las noticias del acontecer mundial muchos estuviéramos deprimidos y angustiados. El Coronavirus nos sorprendió y de diciembre a la presente fecha se ha llevado consigo más de 29 mil víctimas, de más de 188 países.
Video llamadas
Acorde a las situaciones que nos toca vivir nos acoplamos y buscamos satisfacer esa necesidad de mantenernos comunicados con los seres que están distantes. En la última semana de marzo mediante la video llamada nos conectamos mi madre, mis tías y tíos (que viven en Ecuador y Estados Unidos) para saludarle a mi abuelita. Son varios rostros ubicados en cuadrados perfectos que nos permiten vernos y levantar nuestras manos en señal de un abrazo. Todos queremos hablar y decirnos tantas cosas y nos contentamos de saber que estamos vivos, con salud y aprendiendo de estas enseñanzas.
El tiempo se detuvo para respirar
En diciembre apareció este virus creado por mentes malvadas en un laboratorio de alta tecnología o producto de la sabia naturaleza (que estaba saturada de nuestra presencia y de nuestras manos depredadoras y dañinas). El verdadero origen del virus no lo sabemos y como se haya originado ya no importa. Solo sabemos con precisión que es letal y peligroso. Antes de la celebración de Navidad del 2019 este diminuto virus ya estaba haciendo de las suyas en la población de Wuhan. Por esa falta de empatía muchos no le dimos importancia porque seguramente dijimos “eso está sucediendo en Japón, a nosotros no va a llegar esta desgracia porque no comemos animales exóticos”.
Falso, para finalizar el año esa pandemia hizo temblar al gran Japón. Claro, luego se fueron sumando más países a esta preocupación por la sobrevivencia humana.
En estos días los enemigos políticos han bajado la guardia, la economía se ha estancado, las fronteras se han cerrado y ha bajado esa adrenalina de correr contra reloj para ganarle horas al día y producir y ganar dinero. Hemos dejado de ser máquinas programadas que estábamos olvidando de respirar y vivir.
Ahora, con la muerte susurrando a nuestras espaldas estamos conscientes de que la vida se la disfruta con cosas elementales como la salud, unión familiar y amor. En estos días en los que estamos impedidos de estrechar las manos, de abrazar con el corazón y de dar una palmada sobre la espalda estamos reflexionando sobre quiénes somos, hacia dónde y cómo nos queremos proyectar para cuando hayamos logrado vencer esta pandemia. Sí un virus tan pequeño y mortal que logró paralizar al mundo y demostrarnos que no somos nada sin la bendición y misericordia de nuestro Creador.
Había comenzado diciendo que antes de que el mundo se parara yo estaba requiriendo tiempo y un respiro; ahora lo tengo. En estos días he aprendido sobre el verdadero valor de la libertad y he asimilado la importancia de reencontrarme con mi esencia humana. Este aprendizaje de la vida me exigirá ser más tolerante, empática, humilde, solidaria…simplemente feliz reconociendo que la felicidad no está en el poder económico y político. Esta en el disfrute de amar y sumarse a los sueños de mis hijas, del abrazo cómplice de mi esposo, de la sonrisa inocente de un bebé y en las tertulias de nuestros padres y abuelos.
Concluyo diciendo que estos días el sol esperanzador ha estado muy presente abrigando nuestros deseos de días mejores y ha sido todo un privilegio escuchar el trinar de las aves a las cinco de la mañana (para mí, esa es su forma de agradecer al Creador).
Los rayos del sol nos muestran esa luz, esa claridad, esa esperanza viva sin embargo creo que ya es oportuno para la tierra, los animales y nosotros una abundante lluvia sanadora. La tarde del sábado 28 de marzo las grandes gotas de lluvia se hicieron sentir en los cielos cuencanos.
Creo que nos hace falta una buena lluvia del cielo que limpie toda esa sombra de muerte y elimine por completo el Coronavirus. Anhelamos lluvias de bendición para el mundo entero, quizá esa sea una forma para sanarnos y empezar de nuevo respetando y valorando a nuestra Pacha mama.
Día tres – «La llamada»
Jaqueline De Mora Coloma
29-03-2020
Yo, psicóloga clínica de profesión, en esta crisis me hago las mismas preguntas que en su tiempo se hizo Víctor Frankl en el campo de concentración de Auschwitz¿qué puede hacer un campo de concentración a un psiquiatra, qué puede hacer un psiquiatra en un campo de concentración, que puede hacer un psiquiatra por sus amigos?… ¿qué le puede hacer la cuarentena a una psicóloga? Qué puede hacer una psicóloga en la cuarentena, ¿qué puede hacer una psicóloga por su familia?
Leo y reviso las publicaciones sobre el tema, me asusto, me indigno, me consterno, río también con cada ocurrencia, temo por mi familia y por los que están lejos, empiezo a darme cuenta que esto que pasa es muy serio y no los tengo cerca, en verdad están lejos, mi madre además está sola, lo único que me tranquiliza es que mi hermano irá por ella y atenderá sus necesidades; trato de guardar la calma y mientras más avanza la tarde se exacerban mis antiguas molestias en la garganta, se entre corta la voz, la escucho diferente, pero el consuelo llega inmediatamente, mi bella hija que me apoya diciendo, “tranquila solo estás paniqueada”, es solo eso. Hago llamadas a cada uno de ellos para saber cómo están, como se sienten y de paso para calmar mi inquietud, mi vacío. Y aquí las psicóloga puede dar el paso hacia aquellos a quienes quiere y reencontrarlos.
Pasan las horas y ya no sólo es la voz, siento calor y dolor de cabeza que se intensifican rápidamente, empiezo a temer que estoy experimentando los primeros síntomas de la pandemia, un miedo intenso recorre mi cuerpo y mi alma, sí, mi alma se estremece, muchas ideas acuden a mi mente, tengo que terminar el informe de un paciente y enviarlo, me pidieron para el viernes y hace poco me di cuenta que hoy es jueves y mañana termina la semana, todo lo pendiente llega como cascada a mi mente, me detengo, tomo un respiro, me controlo la presión 110/70 (normal), la temperatura 37,5 (normal), voy por una cucharada de jarabe de jengibre y mi voz se aclara, se alivia la garganta y poco a poco retorna la tranquilidad. Sin duda no es el Covid-19. Al vivir esto compruebo que la incertidumbre genera ansiedad y esta lo experimento en mi cuerpo en forma de síntomas que me hacen creer que estoy enferma realmente, cuanta adrenalina y cortisol para un solo momento. Otra respuesta, la cuarentena me ha puesto de cara con la ansiedad.
Llega la noche, ¡a mirar películas con la familia!, “TOC –TOC” es la elegida, me reconozco en aquello de contar las gradas y controlar las cerraduras, me sorprende la intensidad de la trama, tan real, cuanto sufrimiento hay en las personas que padecen alguna molestia en su salud mental, en este momento cabe la pregunta: ¿Qué dice la película sobre ti?, obviamente surge la psicóloga para obligarme a descubrir el mensaje de la película que en otras circunstancias, en momentos de calma y sin cuarentena, no lo tomaría en cuenta.
Ya en la habitación, miro ese pequeño haz de luz que se filtra por algún lugar de la ventana y mis pensamientos vuelan, viajan hacia el pasado, hacia lugares en los que están personas que conocí, amigos a los que quise, familiares con quienes jamás me relacioné, mientras espero pacientemente que el sueño llegue a mí, pienso en aquellos que están lejos, a quienes no había recordado hace mucho tiempo, aquellos que creía olvidados y no significativos en mi vida, descubriendo con asombro que sí, que me importan. ¿Qué me hace pensarlos en este momento? ¿Cómo así sus recuerdos vienen a mi mente? Que tal sincronicidad del destino. Irónicamente el aislamiento me ha hecho abrir los ojos y también el corazón hacia antiguos sentimientos que creía sepultados. Otra vez la cuarentena me ha hecho ver hacia mi interior, verme a mí misma.
Día cuatro, 10 am, una llamada urgente desde la ciudad con más casos de COVID-19, me causa extrañeza, jamás me ha llamado y rápidamente cruzan pensamientos absurdos por mi mente, la voz al otro lado del teléfono suena entrecortada por el llanto, me comunican que él está con coronavirus, le hicieron la prueba y dio positivo, tiene fiebre altísima, está delirante y no reconoce a nadie, en este momento lo llevan al hospital, me repite una y otra vez “por favor no venga, no venga”, “quédese allí, no se muevan de allí, no vengan”.Guardo silencio, respiro, contengo las lágrimas y brindo apoyo, trato de calmarla, de asegurar que no iré, que estoy para cuando me necesitan, pido se cuide y lo cuide y luego el shock, ¿cómo pasó, en dónde, y ahora qué? . Lloré como nunca lo había hecho por él, mi mente se negaba a creerlo. En este momento la psicóloga no puede más que dar valor y espacio pata facilitar la expresión de dolor del otro, estoy clara que ya llegará mi momento de hacerlo. Se hace tarde, camino de un lado a otro, la incertidumbre de no recibir nuevas noticias y el no saber que hacer me inquietan, más en ese momento diviso a través de la ventana una espectacular puesta de sol que me recuerda que después de la tormenta siempre sale el sol, que la vida sigue a pesar de nosotrsos, que siempre hay esperanza…
Mi pena en tu pecho abierto
Christian Espinoza Parra
29-03-2020
Quizá sea tiempo
De morir por ahora,
Para revivir y así
Aprender a dar luz…
Estoy vaciando mi pena,
En tu pecho abierto.
Luis Alberto Spinetta, Perdido en ti
La primera vez que le limpió los senos pálidos, dos carachas de barro viejo le quedaron en la palma de la mano, y no fue hasta que se arrodilló en el transepto de la iglesia, cuando creyó descubrir en el polvo que envolvía tiernamente aquellos pies de yeso de la Virgen María, que él, Abel Romero, no era sino un agujero en la larga túnica de Dios. La primera vez que le limpió los senos, también le halló una herida de muerte cerca del corazón –“la trizaría algún insensato”, pensó-, pero esta ya no era la primera vez, había perdido la cuenta y en su extravió rozó con sus dedos blancuzcos el rostro áspero, sagrado de la estatua, y tembló de pavor cuando se dijo Reina y madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra que tanto temo; tembló porque tras varios y fallidos intentos amatorios, quiso refugiarse en sus adentros y, de pronto, se descubrió como un cascarón vacío que se precipita, indetenible, en un tacho de basura. ¿Hace cuánto tiempo flaqueaste Moisés zarrapastroso ¿Cuándo las Tablas de la Ley se volvieron en tu contra? Tranquilo, no eres tú, los hombres son espejos que reflejan apenas una desvaída silueta, a veces nada, y que un día se quiebran haciendo un estrépito que nadie escucha. “Yo, al menos amo”, se dijo frotándose las manos salpicadas de polvo dentro de la sotana, cerca del pecho, y olor a malvas secas y velas rancias escurriéndose por la bandeja en la cual se iluminaban las imágenes de nuestro señor derrotado por el peso de la cruz, y ya los fieles se arremolinaban en torno a la puerta -esculpida con madera y tierra y un Dios de piedra carcomida en el dintel-, cargando las ofrendas, casi el Salve en los labios, A ti clamamos los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos gimiendo y llorando: pasen hermanos, sólo denme unmomento.
Los fieles iban ocupando las bancas de madera y él en la sacristía, es que no me di cuenta y la noche tan larga hermanos, rodeado de portarretratos clavados en paredes blanqueadas con cal y avemarías, la cama, un armario y una cocineta en el rincón, se puso el alba, se anudó el cinglo… y la luz entraba por la ventana de rejas de barro iluminándole las venas del cuello, la barba de tres días, las arrugas del contorno de los ojos hasta que, pensó en aquel funeral de cada mañana: las almas postradas, delirantes, abriendo la boca y dientes amarillos y careados y torcidos y encías mutiladas, espíritus de piedra de aliento hediondo bajo el cuerpo de Cristo en el altar. El hombre no ha aprendido a morir a tiempo, lo hace muy pronto o demasiado tarde, pensó, por eso es mejor morir poco a poco antes de que el amen definitivo nos lo impida. El padre Romero jamás aprendió a morir sino con el retraso necesario que hace que unos pocos lleguen a mirarnos a través de un cristal o a esparcir nuestras cenizas: “Este es el sacramento de nuestra fe”, dijo el padre Romero a la asamblea, más a ella, dedicada a ella en el transepto de su derecha (“La fe no nace del corazón de los hombres, sino de tus muslos de yeso”), encerrada en una la luz mortecina, vertical, de los vitrales rotos. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!”, respondió la asamblea, y afuera la libertad en el desierto: las beatas embutidas en sus chalinas, los hombres con sus sombreros alones, los niños medio dormidos camino a la escuela; la modorra, el hastío, un impulso agonizante y después del rito de paz: la muerte, a servir como alimento a la rapiña en los campos, en las tiendas, en las herrerías, en casa al tiempo que pasa el viejo de la carreta impulsada por mulas, cargando la tierra del sepulcro: la sotana, el Salve en los labios, frente al crucifijo y bajo el cuerpo de Cristo las hostias en la boca para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo. Amén… la capa pluvial ysalió.
Los últimos fieles se despidieron, el padre Romero bajó los brazos y caminó hacia la sacristía con premura, algo encorvado, cerrando la puerta, deseoso de beber del jarrocon agua de menta que sostenía una muchacha de palmas de azucena que caminaba como en una nube impulsada de querubines lascivos, y lo sentaba despacio al borde de la cama alejándose uno pasos para subirse la pequeña falda y mostrarle su geografía húmeda: deseoso de beber de ella; ¿amor?, ¿desamparo? Un sexo más bien lastimero con aliento dementa, una comprobación cotidiana. La única verdad que casi hizo suya fue el Angeles que tía Judith rezaba a la sombra del manzano, y entonces el insoportable silencio cuando puesto de nuevo la sotana miraba las costras metálicas del jarro vacío y se apresuraba a hervir agua en una olla -descalzo en el piso de tierra- y sólo se quemaba los labios, aunque las hojas de menta se le aplastaran contra el paladar o se le revolvieran en la lengua. Luego, la espera, justo cuando un pedazo de luna aparecía en el cielo, y ¡Ea!, pues, Señora Abogada Nuestra, una vez en el confesionario el cura Abel Romero: “¿así así padre mi sobrina es tan buena conmigo y la soledad tan terrible pero la santidad un delito humano así como la trizadura en el pecho de Nuestra Santa Madre y no así si los llantos de los justos padre los oigo siempre que dejan de croar las ranas y es que debió verla con sus manitas me imploraba Dios y la voluntad de implorar una verdad padre de implorar por los siglos de los siglos acaso no nos dijo usted de por sí creer es ya una duda de cinco aves marías tres padrenuestros y debió verle juntando las manitas y las tetas al aire dos credos y pueden ir en paz”, y en el cuarto el padre Romero se frotó los ojos, miró fijo el tumbado, la oscuridad, y sintió deshacerse de su carga: Dios entiende el dolor de todos los hombres; esa es su lejanía; después un vacío en la boca del estómago.
Una vez dormido, las sábanas se le enredaban en los sueños (“Y subiendo tus entrepiernas una cicatriz me acogerá en la eternidad”): un olor de ponchos de alpaca en el fregadero de su casa y detrás cuatro beatas vestidas de luto, sentadas en poyos de cemento se regodeaban viéndolo corretear un extraño perro blanco que le mordía la mano cuando intentaba agarrarlo, y mamá de repente lo interrumpía con su voz de lechuga, que viniera a la cocina, y las beatas, molestísimas, recogían al perrito y se marchaban exclamando, “el niño es nuestro, pero hoy nos llevamos al Peluchín” por un camino atravesado porun manzano a cuya sombra tía Judith rezaba el Ángelus cada mañana: Y el Verbo se hizo carne. Mamá le hizo un agua de menta que sabía cómo que a sábanas hervidas, no importaba, el viento iba e iba; era mamá y le acariciaba las mejillas y lo acostaba en la cama, estaba ahí, pensó o soñó: como la primera vez que le limpió los senos, todo es siempre como la primera vez; no sabemos nada y todo sucede demasiado rápido como para darnos cuenta de que el agua de menta en realidad sabe a sábanas hervidas, semejantes a las que se le enredaban en los sueños: y se fue,Y habitó entre nosotros; ahora, solo, mirando de nuevo el tumbado, pero tú tan pequeño sí la habías oído mientras guardaba sus últimas blusas y su perfume que olía a papel masé, sus pasos de pájara pinta y el brevísimo cric crac de su polvera de verde limón, pero tú tan pequeño que podías hacer sino seguirla en silencio hasta la puerta y madurar ya sin remedio mientras laveías cruzar la calle bajo una luna que de tanto iluminarla la desvanecía de ti para siempre, ya no al final de la noche sino en el umbral donde comenzada de nuevo la vida: y el viento de regreso le golpeó en el rostro, el viento que iba e iba, al padre Romero que miraba desde la ventana de la sacristía; sin dejar de mirar los destrozos de la calle a medio pavimentar por culpa de unas negras patas de acero que deformaban la negra noche, dijo “yo al menos amo”, y los postes de luz iguales a gárgolas de una catedral gótica, las tiendas feas y la cantina, el silencio, el silencio de tenernos solo para nosotros, y “ven ven”, oyó o soñó o pensó: “sólo el amor nos salvará de la razón”, y al verla no de yeso, al fin de carne, con los brazos extendidos, fue a encontrarla en los destrozos de la calle a medio pavimentar. En pijama, cruzó la iglesia –“¡no está en el transepto derecho!”-, dio la vuelta por la calle lateral y finalmente la encontró solemne, erguida sobre sus tobillos de pan, arrebujada en su manto azul, el rostro dolorido y ladeado, las manos a manera de súplica, Alégrate, Reina del cielo; aleluya, y él pudo abrazarla, enamorarse otra vez, creer en Dios y en los hombres, pedirle perdón, “al menos amo, al menos amo, al menos amo”; ella le cogió el rostro, lo apartó materna, compasiva y despacio se desnudó el pecho, a la vista de las beatas vestidas de luto que sentadas en sus poyos de piedra detrás suyo se reían, repugnantes, abriendo la boca y dientes amarillos y careados y torcidos y encías mutiladas con el extraño perro blanco en el regazo y la muchacha de las palmas de azucena con el jarro de agua de menta y la tía Judith rezando el Ángelus a la sombra del manzano: “¡la trizaría algún insensato, madre del cielo!”, gritó el padre Abel Romero agazapándose sobre aquel pecho lumínico, enterrándole los dedos a la altura del corazón: entonces por un instante, sintió, ahora que le limpiaba por primera vez los senos y dos carachas de barro viejo le quedaban en la palma de la mano, que eso era morir, morir de verdad.
Diciembre 13 de 2018
La hora arrugada
Juan Tacuri
(Cuenca)
27-03-2020
Seducido por la inquietante idea de salir, de no permanecer en confinamiento forzoso, y al ser dueño de mi libertad, por más ‘toque de queda’ que se haya decretado, al fin lo hice. No me detuve a reflexionar el porqué, solo sentí el impulso de realizarlo, ya que en ese momento la sensatez sobraba y el ánimo para el peligro se erguía. Caminando sin rumbo fijo, por el simple hecho de disfrutar de una caminata, de respirar un aire distinto al de mi encierro, aun cuando no sea tan límpido, mientras me detuve para contemplar el paisaje que encontré en un parque, arrimado a un árbol no muy frondoso, al pie del mismo, sobre tierra seca y cuarteada por la falta de humedad, observé una hoja de papel arrugada, la tomé para examinarla con mayor detenimiento y noté que su textura se presentaba como si cada pliegue fuera mayor que el anterior, sin duda alguien lo había hecho con mucha determinación. Contenía un texto, escrito a mano, con la famosa letra cursiva, lo que me parecía muy peculiar porque nadie a quien conozca la utiliza, y en la parte legible decía:
En el mustio y trémulo panorama que ensombrece a la vanidad y a la lisonjera conducta humana, que ha escrito su historia con guerras, plagas, pestes y demás adversidades, y con una que otra incipiente bien aventura, con el famoso tango ‘’cambalache’’, desde que lo escuché por vez primera, se constituye el mágico colofón que intermitentemente agobia mi pensamiento, por el que me encuentro en estos momentos. Y esto se debe: ¿a una pandemia?, ¿a un decreto presidencial que restringe la movilidad?, ¿al aislamiento?, ¿a los que se fueron y no volverán?, ¿a aquellas personas que con ahínco y abnegación trabajan ante esta crisis sanitaria, sobre todo para que no existan más óbitos, y que no poseen los insumos necesarios para su protección?, ¿o a una patología psíquica de la que no me había percatado? Porque la angustia, desesperación, miedo, pesadumbre, son el sombrío reflejo de una existencia, momentánea, torpe y vulnerable que sumada a otras existencias humanas empiezan a estrujar el néctar de reminiscencias plagadas de felicidad. ¿Y para qué? Tal vez para soportar este cáliz amargo y escudriñando con la mirada en el firmamento para encontrar alivio, y a la vez, elevando una plegaria que cada día se vuelve el único consuelo de los desdichados, a pesar de la indulgencia concedida, pero la naturaleza humana la considera insuficiente para aplacar esta calamidad.
Entonces desperté. Había tenido un sueño estremecedor que se asemejaba a una pesadilla y un frío sudor cubría mi frente. Cavilando y recordando aquella voz siniestra que había pronunciado aquellas palabras que conformaban un discurso de alguien, sin duda, amargado, reflejaban la realidad sobre la existencia de la pandemia que en este momento asola al mundo, y que por un instante la había olvidado. Aquel sueño que en un principio era evanescente, se había convertido en una pesadilla recurrente, cada día más intensa, con aquella voz cada vez más altisonante y que incesantemente buscaba para conocer de quien provenía, pero solo divisaba una sombra alta, de alguien con un contorno masculino.
Y el discurso, casi siempre el mismo, pero una noche, después del ya rutinario discurso, aquella voz enseguida continuó: su belleza, encanto, y simpatía me ha despertado del letargo cotidiano de mi monótona vida. Desde que apareció, como una ráfaga de viento imprevista que sacude la copa de los árboles, se ha convertido, aquella encarnación de gracia, en la exultante manifestación de motivación.
Ha pasado cinco días desde que empezó aquella pesadilla y para recordarla la escribo en esta hoja, aun sin tener un propósito definido. Empieza a perturbarme. El maldito virus ha llevado a mi abuela al hospital, se encuentra con pronóstico reservado y en cuidados intensivos. Todos comentan que debemos estar preparados para lo peor, como si para esa situación se necesitaría estar preparado. La angustia que me produce pensar en ese suceso se incrementa exponencialmente, como la transmisión del virus al que la humanidad se enfrenta, porque mi abuela se lleva a la tumba un secreto. Descubrí que tiene aquel nonagenario secreto, cuando la escuché hablar por teléfono con su amiga, tiempo antes de que cayera enferma. La curiosidad insana me ha conducido a cometer aquel acto por el cual ella está enferma. Detallo que lo hice cuando…….
El texto inconcluso termina con puntos suspensivos y con una línea zigzagueante. En mi cabeza una marea de interrogantes se produce, pero como una señal casi divina, en la esquina opuesta donde estaba, diviso aquella forma femenina con las características que había leído en la hoja arrugada: belleza, encanto, y simpatía. La hoja que poseía en mi mano la vuelvo a estrujar, y la arrojo al suelo. En un santiamén desapareció el interés que produjo aquel texto escrito, sin duda realizado ¿por un loco? ¿Realmente el escrito era verídico?, ¿o era el producto de la fantasiosa imaginación de algún fumón, plasmada en un papel? No iba a empezar una actividad detectivesca. Ahora mi interés se concentraba en esa mujer, con paso decidido voy a su encuentro, porque simplemente me encontraba embelesado.
Orugas
Diego Luzuriaga
Escrito en 2018
Al empuñar el pasamano casi la destripa. Tenía unos tres centímetros, color marrón, con una línea más clara en el dorso. La empujó con la uña para despertarla, se puso a caminar en sus miles de patas como un cepillo diminuto en movimiento continuo, plegándose a veces, y estirándose. Llegó hasta el filo del pasamano, bajó por un balaustre y desapareció en el pasto del jardín. Era comienzos de mayo.
A los pocos días, un sábado, mientras jugaba al frisbee con su nieto, encontró una familia entera asoleándose sobre un ladrillo.
—¡Ven a ver! —Le gritó a Manuelito, interrumpiendo el juego.
El nieto corrió y observó.
—¿Vas a matar esos gusanos, abuelo?
—No hay razón para matarlos. Además no son gusanos, son orugas. De esas que se hacen mariposas.
Al ver que Josefina, salía de la cocina, Manuelito le gritó:
—¡Unas orugas, abuela!
La abuela se acercó. Llevaba dos vasos de limonada en sus manos.
—¡Tomen! —dijo, y, bajando la voz, agregó—: Acabo de ver un par de estos bichos a la entrada de la cocina.
Manuelito corrió a ver.
—¡No es un par, son trece! —gritó el niño.
Durante la cena, Manuelito reportó que, según el internet, no era orugas de mariposa lo que habían visto, sino un tipo de lepidóptero llamado oruga de librea, o lagarta rayada. Informó que estas orugas no se convertían en mariposas coloridas —como creía su abuelo— pero sí en peludas y grises criaturas que volaban solo en la noche. Informó también que aparecían únicamente durante las primaveras que seguían a inviernos suaves, que podían convertirse en una plaga, que se alimentaban de las hojas de los árboles, particularmente de árboles frutales —en este punto el abuelo frunció el ceño—, que vivían dentro de bolsas de hilos de seda que ellas mismas fabricaban en los árboles, que en junio se convertían en crisálidas blancas y algodonosas, y que se hacían mariposas nocturnas en julio, completando así la metamorfosis. Solamente cuando la abuela colocó pocillos, cucharas, y una caja de helado de chocolate sobre la mesa, el nieto dejó de hablar del asunto.
Al día siguiente el abuelo se levantó apenas salió el sol. Aún en pijamas y aprovechando que Josefina y el nieto estaban todavía dormidos, bajó al jardín. Sujardín, al que, desde la mudanza a esta casa hace años, le había dedicado tiempo, cariño y dinero. Había fertilizado el suelo, construido jardineras con pequeños muros de piedra, había sembrado lilas, rododendros, azaleas, y, —lo más importante— había plantado árboles frutales. Manzanos, higueras, cerezos, durazneros, perales, caquis de Virginia, en total una docena, a los que llamaba mis hijos vegetales. Hijos que justo en esa época del año comenzaban a florecer. Advirtió que un cerezo tenía, en verdad —como había descrito Manuelito—, unas bolsas de seda emperchadas en lo alto, en ciertas uniones de las ramas. Que él recuerde, nunca había visto algo parecido en Havertown. El invierno último fue relativamente tibio, no helado como de costumbre. Debía ser por eso. Los nidos eran blancos, tenían la talla de una toronja y la forma de una tienda de campaña, con aristas irregulares y múltiples. ¡Cómo no los había apercibido! Las orugas entraban y salían de las tiendas como soldados preparándose para la batalla. Entendió en ese momento por qué el manzano grande tenía pocas hojas: las orugas las estaban liquidando. Caminó al jardín delantero. Encontró más nidos. Delante de sus narices los bichos engullían las hojas y se paseaban en las ramas como dueños y señores. Unos se tiraban, felices, desde sus guaridas, al suelo. En el patio vio un grupo que recorría el piso como turistas en la calle. Apretó sus dientes y apretó el puño, ¡tienen sus horas contadas!, decidió. Después del desayuno debía ir a Lancaster para dejar al nieto, pero al volver se encargaría él mismo del asunto, sin falta. En el patio, antes de entrar en casa, pisoteó dos orugas con tal saña que no quedó sino una babosa película sobre el cemento.
Como cada domingo de primavera, fueron a Lancaster, en auto, a pasar el día con John —su hijo— y Amanda —la madre de Manuelito—, que vivían al otro lado del valle, a dos horas de Havertown. Al llegar se encontraron con que Amanda tenía una fuertísima influenza y estaba en cama. Los abuelos tuvieron que quedarse tres días, para ayudar.
Cuando regresaron de Lancaster, el abuelo se encontró con centenas de orugas paseándose por todo lado: el patio, las gradas de la cocina, las paredes exteriores. Las hojas de sus hijos vegetales habían sido devoradas, todas. Lucían exánimes. Sin decir nada a Josefina comenzó la tarea ese momento. Reventó con sus manos las que colgaban de las ramas bajas. Trituró las que circulaban en las cortezas de los árboles. Las que encontraba en el piso, las pisoteaba. Si podía, tomaba los bichos a puñados y los deshacía con toda su fuerza, haciendo resaltar las venas y tendones de su antebrazo. Batalló hasta el crepúsculo, cuando los sobrevivientes se retiraban a sus cuarteles.
—Amanda está peor, nos toca viajar mañana otra vez. Que no come, tiene fiebre, hasta tose sangre —le dijo Josefina apenas lo vio entrar a la cocina por la puerta de atrás.
Se lavó rápidamente las manos sin decir nada, tomó un cuchillo, dos cebollas, se puso a picarlas.
—Tu camiseta está manchada atrás —dijo la abuela—, ¡mira tus zapatos! —Se miró los zapatos y su pantalón—. ¿Qué pasa con las orugas?
—Todo bien —respondió el abuelo, asentó el cuchillo y fue a ducharse.
Al amanecer viajaron a casa de John y Amanda. En la puerta encontraron una nota con la dirección del hospital. Fueron. Hallaron a su hijo fumando afuera de la sala de emergencia.
—Pulmonía muy avanzada, le hicieron un montón de exámenes —comunicó a sus padres—, se queda hospitalizada por lo menos tres días.
Esto implicaba que los abuelos se quedarían en Lancaster ayudando con Manuelito.
A partir de la mañana siguiente la abuela se quedó a cargo del niño en Lancaster. El abuelo regresó temprano a su casa de Havertown, solo.
Al bajar del auto se encontró con un tumulto de pájaros enloquecidos que comían orugas y saltaban y chirriaban. Sobre unas piedras grandes, debajo de un cerezo, montones de bichos (ya grandes, oscuros, asquerosos) pululaban en una orgía diabólica. Apestaba a tierra podrida y a fermento. Las paredes traseras de la casa ya no eran blancas, eran de color marrón, por tanto bicho. Todos los pájaros de Havertown no podrían comer tanta sabandija.
Se arremangó la camisa, se frotó sus manos venosas, fue al taller, se puso guantes, sacó un machete y el serrucho telescópico que le regaló su hijo. Desenganchó los nidos de las ramas altas, se estrellaban en el suelo como sacos de arena, los pisoteaba y reventaba como a vejigas. Los bichos fugaban en todas las direcciones y él los trituraba, eufórico. El abuelo era un verdadero cíclope.
Al comienzo de la tarde, durante un descanso de minutos, oyó sonar el teléfono. Corrió a la cocina.
—¡Dónde estabas!, te he llamado tantas veces. Amanda está peor, tiene choque séptico. ¡Toma el auto y ven! —le dijo su mujer.
Se secó el sudor, tomó agua. Sus zapatos habían embarrado las baldosas. Iré a Lancaster a la noche, después de ganar esta pelea y de limpiar la casa, no antes, se dijo. Hirvió ollas de agua. Vertió el agua sobre los montones de orugas en la base de los árboles, sobre las piedras, en la cerca, en la pared de la jardinera. Los bichos se arqueaban y morían cocinados. Olía ahora como a sopa dañada. Barrió orugas de las paredes de la casa, las que caían las aplastó como pudo. Y laboró y laboró hasta que el sol ya casi se ponía. Entonces se sentó en un banco al filo del patio. Las había eliminado. Alguna moribunda se retorcía por ahí, nada más. Tomó entonces la manguera de alta presión y lavó todas las superficies que podrían delatar su empresa. Apiló los escombros al fondo del terreno —restos de nidos, ramas, bolas de orugas muertas—. Al encaminarse a la casa le llamó la atención una pequeña y solitaria hoja verde que se había salvado en un cerezo.
Exhausto, se miró en el espejo. Casi no se reconoció. Tenía lodo y pedazos de oruga en la cara, lentes, manos, ropa, zapatos. Manuelito se mataría de la risa si lo viera.
Timbró el teléfono y resonó como en un sueño. Contestó solo al cuarto timbrazo. Alguien sollozaba. Eran sollozos abismales como olas en altamar. Dirigió su mirada al jardín. Dos orugas de librea cruzaban la ventana, seguidas por un grupo mayor.
0987654321
Karola Álvarez
23-03-2020
Quito
En épocas de “vacas flacas”, se pone a prueba el temple de las personas. La fortaleza mental es sumamente importante; se impone, incluso a la física -claro que son dos esferas que van de la mano-, sin embargo, el cerebro comanda el cuerpo y es innegable su primacía. Soy psiquiatra y en tiempos atiborrados de pánico más que de coronavirus, puse a disposición mi número de teléfono para atender emergencias psicológicas. Mi período de vacaciones –desgraciadamente- comenzó justo el día que lo hizo la cuarentena. Tengo riguroso respeto por las medidas sanitarias y estoy confinado a las cuatro paredes de mi departamento.
Las llamadas llegan por montón: gente hipocondríaca que ante la más ínfima molestia en la garganta, piensa que ya pescó la enfermedad y que inminentemente morirá; histéricas e histriónicos que ante el panorama que se enfoca en los casos confirmados, se aterran porque ya no son el centro de atención y esto les genera ataques de pánico; paranoicos que juran que sus enemigos han esparcido bombas infectados con el virus en sus casas y que explotarán en cualquier momento; depresivos que presos de las falsas noticias creen que no saldremos del túnel de penumbra y buscan una “salida rápida” a la crisis; esquizofrénicos que alucinan que los microscópicos gérmenes diseminados adquirirán proporciones hercúleas y los asfixiaran con sus manos imaginarias… en fin. Consuelo a cada uno de ellos, les proporciono psicoterapia, emito recetas desde mi ordenador para que las impriman y las adquieran en las farmacias… Estamos luchando con el más insignificante de los enemigos –según la lógica humana-: un virus invisible, que no obstante, nos está diezmando.
Cuando el teléfono calla… escucho a mis recuerdos. Estoy solo y en este tiempo me ha recrudecido un dolor, una traición… Se agolpan en mi cabeza, furibundamente, unas imágenes: los cuerpos desnudos de dos personas, cercanas en un período y que de amarlas, pasé a odiarlas solemnemente: mi esposa y mi amigo… Disipo estos refucilos aciagos, acariciando a mi verdadero amigo, Cuco, mi bulldog. “Par de hijueputas” –pienso- ya debería haberlos olvidado y… perdonado, pero, como especialista en el tema, sé que mi duelo, aún no está resuelto.
–Ring, ring–escucho-. Se reanudaron las llamadas, -me salvan de mis peores enemigos -mis propios pensamientos-. Atiendo.
Ya van varios semanas en que mi teléfono, el 0987654321, es todo un call center.
– ¿Es el número del Dr. Cool?
– Sí –contesto- a la orden.
Cuando el silencio gana terreno en mi depar, retorna mi mente a recordar machaconamente a los infames. Me arrepiento de haberles dicho que eran una mierda, si la mierda sirve como abono ¿por qué no, mejor, se me ocurrió decirles que eran como la radioactividad o como basura tóxica que acaba con todo lo que tiene vida? Pido perdón a la mierda, por haberla insultado, comparándoles con ese par de… de radioactivos.
Me tienta salir a la calle como para refrescar mi cabeza, pero, ya hay control policial, porque los enfermos han aumentado exponencialmente y a los que salen les meten presos y, además, dispongo de suficiente comida como para justificar que mi salida sea para comprarla. No soy una buena compañía para mí mismo.
Escucho los consejos que me da Cuco, mi fiel Cuquito. Tiene razón: debo soltar lo que me hace daño y tomar disciplinadamente mi antidepresivo; a veces, lo olvido y recaigo –los médicos, solemos ser malos pacientes.
Las llamadas se han multiplicado, así, como el virus, y ahora me contactan no solo los aquejados mentales sino varios que quieren simplemente conversar, ser escuchados, hacer amigos y en esta marejada desquiciante de rings, rings… me pregunto si ella, la traidora, querrá reconciliarse conmigo, no sé, es solo un pensamiento… Al inicio de la cuarentena deseaba que ella y mi antiamigose contagien y que la vida les de su merecido, pero, ahora, me juegan en contra sentimientos y quisiera que estén bien -¡qué imbécil que soy-. Cuco piensa igual.
Soy presa del insomnio en la noche y de la falta de apetito en el día, pero aun así, mi fortaleza psicológica permanece erguida… Solamente se descompone, mínimamente, el ansia o la esperanza –no sé cómo definirlo- de escuchar la voz de ella, con cada llamada que repiquetea. La ausencia de su voz me está volviendo una especie de cementerio y con cada llamada fallida, creo tumbas donde florece, descaradamente la fea desesperanza.
No sé cuantas semanas o meses han trascurrido desde que comenzó el encierro. Mi espejo me reclama que luzco esquelético, pero mi cerebro le ignora: “estás bien” –replica-. No sé si mis ojos podrán servir de árbitro entre ambos, pero… no me importa, francamente, quien tenga la verdad.
– Ring, ring–oigo- Tengo que atender.
Hoy, Cuco, mi amigo, me ha suplicado que hable con un médico, porque le preocupa mi estado, no entiendo por qué. Me ha dado su número, es el 0987654321… lástima que no contesta.
Nuestro propio virus
Kevin Guamán
20-03-2020
Y si el mundo se va a la mierda,
ten presente que no fue culpa del COVID-19,
ni de la propagación del mismo.
Fue nuestra propia indiferencia la que se encargó de alejarnos en un principio.
No culpes a las medidas sanitarias que fueron dispuestas,
ya que incluso antes de ésta crisis tú no querías verme y mucho menos estar a mi lado.
El aislamiento estuvo frente a nosotros desde el día 1,
la distancia que debemos tomar nos la impusimos voluntariamente.
Tan intermitente tu recuerdo que apenas lo siento.
Cuarenta días, cuarenta horas, cuarenta minutos, qué más da,
si cada segundo lejos de ti se convierte eterno.
El mundo da más vueltas que un trompo borracho
María Belén Karolys
(Quito)
La casa, morada, hogar, mundo… como quieran llamarlo, ya se acabó en 1918. Es la frase que ronda en mi cabeza frente a cada acontecimiento que detiene un país, varios países, el mundo o la información por un buen rato.
La primera vez que asomó ese pensamiento en mí lo aborrecí, lo borre, lo bloquee de mis ideas; al menos eso pensé yo. Las redes sociales me ayudan muy bien para la utilización de estos verbos y no sentir culpa. Sin embargo, ante cada caída suicidera (llamémoslo así a esta emergencia médica), vuelve insistentemente. La rutina, calendarios, horarios, video llamadas, actividades en casa, chats con información, palabras, imágenes por todo lado. Hay como signos de esperanza. El hecho de compartir, de amar a nuestros seres queridos, de no ser egoístas, de no dejarnos llevar por nuestra ansiedad y quedarnos en casa, infaltable el hashtag #quedatencasa. Empezó un martes 17 de marzo del 2020 (ya que no nos satisfacemos por ser relojes con patas, ahora nos toca quitarle el negocio a los diarios y ponernos días para no perdernos en esas nociones de ancho, profundo, alto, largo, tiempo y espacio). Nociones que hace rato nos mantienen dependientes, pero ni una bola de espuma flex les damos. Hay que decirles que es más fácil hacerlo desde casa, eso nos narra la cadena nacional, las televisiones, las radios, Facebook, estados, etc., pero me pregunto: ¿cuál casa?, ¿qué es una casa? Preguntas que no merecen palabras recortadas, faltas de sentido asumiendo que alguna de ella la tuviera quizá solo imágenes de ciudades como si haya que tener evidencia de imaginar una ciudad. Los gigantes transeúntes han desafiado a los humanos y ellos ya ganaron la batalla ¿Qué tiene el hogar para asustar tanto? Empecé inspeccionando la mía: mi cuarto. Me quede bastante tiempo en él, es mi lugar de refugio en noches donde necesito contención, en noches donde necesito descanso, en noches donde necesito sentir lo intempestivo. Intento que no haya mucha luz, pues la luz me ciega no me deja ver nada. Pronto, en ese lugar poco habitual para mí, pero demasiado para mi cama me di cuenta de un anuncio. Anuncio que dirá: admisión para uno. ¿Qué se admite en tu cuarto? Me pregunté a mí misma y ante lo cual aún no me respondo, espero hacerlo a lo largo de este tiempo silencioso. Ese lugar se me volvió ajeno de tanto pertenecer en él como un inmóvil automóvil. ¡Wow! Lo que Emile Cioram anheló, no hacer nada y quedarse inerte como vegetal. Me dediqué a ver objetos que por años los acumulo. Una acumulación de objetos en recuerdos bípedos. Para el común de los mortales la convivencia y/o solitud, son temas y/o palabras complejas y generadores de disturbios para lo cual un psicólogo es una posible opción, aunque también se pueda acudir a la brujería. Merodeando por mi casa, me topé con mi armario luego pasé a lo más patético: ver tu ropa linda ensuciándose por no usarla, a menos que estando en casa te pongas ropa casual, vestidos de fiesta, tacos y el infaltable maquillaje que tapa esas noches desoladas que tu almohada logro atrapar con agua. Yo no lo hago. Aprovecho para ponerme una mudada de ropa más de una vez, intentando desafiar la limpieza que nos indican los policías del yo (el superyó floreciendo en tiempos de individualización), pero claro otra vez los olores se vuelven una realidad o ¿no? ¿Mi nariz en época de gripe viral, se agudiza? Después del armario me paseo en la cocina: lugar de comparto común (niños y padres se unen a armar un solo festín, a crear un producto a poner a prueba sus gustos culinarios, su delicia u horror). Producto que va directo al paladar y a la nariz nuevamente, jamás vi tanta funcionalidad de dos orificios como ahora lo hago ¿Por ahí podrá salir el coronavirus? Ojalá corone más de un agujero corporal. En fin, sigamos el desfiladero de la casa, pasamos a la sala y comedor siendo ellos también espacios de convivencia comunal solo que si estas solo pues podrás convivir con el sillón. ¿Sabían que el sillón sí puede permanecer sentado hasta que lo eches por viejo o por remodelar? Además, no se queja, no manda memes, no dice nada, y, no obstante, observa donde tu viviste todo con ella o el ¿O modelas tu trasero con otro tipo de sillón? A mí me ha dejado marca el sentarme, pero le admiro. Soporta cuanto peso le pongas, es un ser demasiado firme y fuerte ¡oh viejo sillón! Terminaré por el menos importante para muchos: el baño. Para mi es el sitio más putrefacto, pero a la vez es el trono de la eterna igualdad. Deberíamos aprender del baño o ser el baño. Finalmente iré a hacer ejercicio porque quien sabe si me equivoque de casa y a lo que yo describo como casa sean proporciones de mi cuerpo, aquellas desfiguradas por el clima. Ahora que lo pienso, mi cuerpo se controló para escribir a raja tabla lo que mi mente procesa viendo letras viajar en una hoja en blanco que ya no es tan blanco, pues tiene negros, azules y rojos. Diré algo más: no hay cómo alejarse del cuerpo y no tocarlo, ¿ni tocar al otro?, pues si no me toco ¿cómo sé que sigo viva? Aunque… ¡esperen! Puedo acudir a mis fotos, total, mi aparato inteligente, llamado celular, tiene una gama/galería fechada. Y si no tienes un aparato inteligente tienes Facebook o Instagram, y si no tienes nada de eso, por ahí dicen que no existes realmente y quizá debas pellizcarte para ver si estas soñando o en estado de vigilia.
Fue como si el montón de significado se encogiera y perdiera un poco de su significado, y eso era del todo insoportable, así como mantener mi atención fija en este escrito y no beber una cerveza. Total, fue una mañana del 17 de marzo del 2020 (aún no sé bien si contar con la cadena nacional del lunes 16 de marzo, o desde que empezaron los memes a florecer y los comentarios en pro y en contra de las medidas tomadas) que vi pasando por mi ventana, los ojos negros, cabello negro y piel morena que se veían tan perfectos en el cuerpo esbelto que hay que cuidar por salud, por belleza, por arte, por un perro, por una computadora… ¡qué sé yo! Regresaste a ver y me escondí pues uno no puede estar recibiendo aire así no más. Tocará sacar cita con los pulmones para explicarles en qué situación nos encontramos. Te esperé unos días y no te vi, gritaba por dentro de mí (estoy en casa, no debo gritar. Interrumpo a los vecinos o a las líneas telefónicas de la violencia contra la mujer, o, por si fuera poco, podría salir en televisión por escándalo público) y te pregunté tu nombre y una llamada de Zoominterrumpió nuestro elenco teatral, aun así te espero sin ansias.
Un mes
Michael Peñafiel
23-03-2020
Salí con una mujer por casi un mes. En todo ese tiempo, no le comenté que alguna vez había querido ser artista, qué aún lo quería. Nuestras conversaciones oscilaban en la aventura del día siguiente, de a dónde iríamos y que haríamos -y eso era un encanto. Disfruta sobremanera vivir cada día como un pequeño capítulo de una película romántica: explorar, comer, beber, bailar, tener sexo, pero en esa mujer no había nada más que ganas de vivir el placer físico. Para ella, un momento de día, una pequeña estrella, una luna pequeña, una noche fresca, una tarde ahogándose, no significaban nada. Decía que sí, pero no era cierto. Lo cual al principio me pareció sospechoso, luego todo un fastidio, porque su muro estaba repleto de fotografías suyas, nada sorprendentes, pero aun así repleto de fotos y frasecitas cliché del arte y la fotografía; pero nunca la vi apreciar el color, ni la forma, ni la belleza del mundo más que banalmente. (“¿Y qué es lo banal?”, me dirán, y yo diré: “lo banal es aquello que no requiere un ejercicio crítico, lo que se acepta como evidente a pesar de que, como las buenas metáforas, puede hacer alocución a entes y relaciones que no necesariamente figuran inmediatamente en los sentidos. Lo banal es lo literal, lo que se ve, se oye, se toca y se huele con rapidez; no lo que se ve, se oye, se huele y se toca con un pataleo mental y emocional que supera las corrientes del pensamiento y el sentir ortodoxo, esperable, lineal”.
Esa mujer, simpática[1], tenía cierta arrogancia implícita que me desalentaba intelectualmente. Para ella ser bella era altamente significativo. Para mí, un absurdo de la existencia sinónimo de consuelo. Al igual que las personas inteligentes, las personas bellas tienen una vida privilegiada por el mero hecho de existir. Y eso, sin duda, es condenable si uno no usa su belleza o su inteligencia para hacer algo notable en el mundo. Y ella no lo haría.
Pasé unos buenos días con ella, y a los pocos días de cortar definitivamente nuestras visitas al sexo y el cariño del otro, sentí dependencia al igual que ella y me sentí herido al no oírla, ni verla, ni tocarla ni olerla.
Divago en estos recuerdos, pero es inconsecuente que siga. Y aun así no puedo evitarlos.
Intento lidiar con ellos y sacar algún provecho: reflexiones, frases, cuentos, todo lo que sea posible aquí sentado en el escritorio. Pierdo el hilo, pero.
Las noticias se repiten en la televisión. Me he pasado leyéndolas junto a análisis económicos, el covid-19 nos llevará a una desaceleración económica, una nunca vista. Los economistas liberales ortodoxos[2]estadounidenses y europeos renuncian a sus postulados rígidos e inalterables, y optan por medidas boyas para salvar sus economías. Aun así, parece que las medidas Keynesianas[3]no serán suficientes esta vez.
Me desvío de los pensamientos de Isabel por un momento. Y pienso en estos dilemas económicos y políticos.
Y en lo que revuelo ideas y las escribo, llega su mensaje a mi móvil. Me duele la cabeza y me siento débil, ¡ay, ¡cómo es el amor! “Hola”, dice. Y la debilidad me gana. “Hola”, digo. Y las cosas pasan.
Y aunque he pensado lo que he pensado, me siento feliz de verla en la pantalla del móvil ahora. Su sonrisa es bella, me agrada. Y pienso que he pensado lo que he pensado por temor a perderla. Por decirme que no es para mí, y que no la necesito. Pero ahora que la miro en mi pantalla, tan linda y sonriente, me olvido de todo y le digo: “te extraño”.
[1]Palabra que usan la mayoría de los ecuatorianos para referirse a una persona atractiva físicamente; la que quiere decir que la persona en cuestión no es hermosa, pero tampoco carece de gracia y que esta supera la del promedio.
[2]Economistas con firme creencia en el liberalismo, ni siquiera en el neoliberalismo. Sino que están enteramente convencidos que el “libre mercado”, como ellos le llaman a lo que los economistas menos radicales solo llaman mercado, salvará a la humanidad de cualquier desgracia.
[3]Tipo de políticas económicas contra cíclicas: es decir, de recesión o crisis, para evitar una profundización del malestar económico.
La duda
Paola González
23-03-2020
Miro su foto detenidamente. Encontré detalles que antes no había podido identificar como la particular forma en que ella colocaba sus pies: uno delante del otro para lograr una postura relajada. Allí esta ella, sobre las vías de tren con su bicicleta alquilada (porque no tenía una propia) posando para una foto que luego me enviaría a mí.
No nos hemos visto personalmente hace más de 10 meses.
Cómo es posible que aún sienta que la amo?
Es esto que siento amor aún?
Hoy es de esos días que cuestiono todo, incluso la manera en que ella coloca sus pies uno delante de otro para lucir una postura relajada. La cuarentena dirá mi mejor amigo cuando le cuente esto. Quizás.
Pero antes debería contar en realidad toda la historia de cómo nos conocimos y así ustedes podrían darme algún consejo, aunque en el amor o las relaciones siempre hay ese “agujero negro” como le gusta llamarlo a mi mejor amigo, dónde todos caemos y jamás logramos obtener una respuesta particular. Es que hay tantas clases de relaciones como personas, no? En fin, no estoy aquí para hablar de ninguna otra relación, solamente de la mía propia que en esta noche de películas sin contenido me lleva a escribir estas líneas.
La conocí hace más de dos años, en un sitede citas. ¿Qué hacías tú en un chat de citas? Me preguntarás, pues en aquel tiempo me sentía aventurero, para una persona como yo, un tanto introvertida que le es difícil manejarse en un grupo grande, las apps vienen a ser una herramienta que nos permite “hablar” sin tener que hacerlo realmente y eso, honestamente me gusta. El caso es que la conocí allí. Hablamos. Obtuve su número. No sé hasta ahora si es que ella estaba aburrida o si fue simplemente suerte porque recuerdo que no me esforcé en conseguir su numero (las palabras casuales, el tacto cauteloso), creo que fui demasiado directo, sin importar el rechazo, le pedí su número sin siquiera haber demostrado que no era un psicópata. El caso es que ella accedió y desde ahí en más hubo horas y horas de conversaciones por chat. Recuerdo muy bien cuando me dijo: “tengo pareja” y entonces pensé muy desilusionado que ya había escuchado eso en el pasado, me dije a mi mismo que así son las cosas, soy la única persona que parece estar soltero en este mundo. Todos parecen haber encontrado a alguien menos yo. Luego supe que ese pensamiento lo repiten miles y miles de personas, inclusive aquellos que mantienen una relación.
Me resigné en cuestión de segundos y le dije que no importaba porque podíamos ser amigos. Que ¿cómo pasamos del “amigos” al “te amo”? Bueno voy a contar mi versión y quizás ella cuente la suya algún día, de verdad quisiera saberlo.
Cuando el sol se escondía ella preguntaba insistente hasta que yo desmembraba mis misterios: ¿pero qué quieres decir en realidad?” “Entiendo” decía luego.
Normalmente las personas no dicen que no te han entendido. Normalmente las personas no insisten en saber exactamente lo que quisiste decir en un comentario espontáneo. Es que las palabras hoy en día se confunden de mil maneras que cuando llegan a nuestro interlocutor es posible que el mensaje ni siquiera sea el mismo. Recuerdo haber pensado que encontré una persona que usaba el mismo diccionario para dar significado a las palabras. Ya sabes, que un “sí” signifique SÍ. La confianza generada por la ausencia de la experiencia. Ahora miro hacía atrás y me veo siendo un niño que encontró otro niño y sintió que los dos volaban en la misma dirección aún sabiendo que pisaban el césped todo el tiempo.
Le pedí que nos conociéramos en persona y ella accedió. Tomé un vuelo porque para ese entonces ya no podía negar que quería ponerle una cara a las sonrisas y palabras que recibía cada día.
Estaba tan nervioso cuando la esperaba en el hotel que llamé a mi mejor amigo dudando de que ella me encontrara aburrido. Obviamente me dijo que no me preocupara porque si era así, ella no era quién yo creía.
La vi cruzar el lobby con sus zapatillas blancas y el pantalón jean negro. Llevaba el pelo suelto, largo y ondulado en las puntas color chocolate. Su camiseta blanca y entonces encontró mi mirada y caminó hacía a mí.
Me levanté y seguramente la saludé y nos sentamos juntos en el mismo sofá: “estoy nervioso” alcancé a decir un poco avergonzado.
“Yo también, me tiemblan las manos” y me mostró lo mucho que sus manos temblaban.
Nos sonreímos.
Y de alguna manera pude escribirle un mensaje que resumía todo a mi mejor amigo:
“ es linda!!!!”
Y salimos del hotel. El resto de día la pasamos entre sus ojos y los míos. En medio de mis ganas por besarla y sus manos encontrando las mías mientras caminábamos en la calle.
Era increíble que sintiera como si la conociera de siempre, de años atrás. La familiaridad estaba allí, la cercanía, la seguridad. Hubo un momento en que nos quedamos callados en la banca en medio del parque. Un hombre regaba las plantas en concentrado en cada hoja a la que mojaba y yo lo miraba también intentando controlar mi deseo de tomar su mano.
Entonces regresé a verla y ella me miró. Lo supe allí mismo, como cuando vas a la escuela y haces un amigo en el receso, y todo fluye, volverás al siguiente día a ese mismo lugar sin planearlo, sólo lo sabes.
Me acerqué y la besé. Fue un beso torpe y bello. Fue rápido.
Y luego nos miramos y ella se acercó a mí para finalizar aquel beso. Recuerdo mi cara sonrojarse, mis mejillas explotar de emoción.
Recuerdo que volé 3 veces sobre todo aquel parque y saboreé el mar y la sal en su boca. Aún pienso que no hay un mejor beso que el primer beso a la persona que amas.
Cuando una noche después de hacerla reír con mis chistes sobre gramática y luego una broma sobre mi manía de usar tablas en excel para todo (incluso cuando iba de viaje) ella me dijo: “te quiero”.
Sabes de esa sensación gravitacional donde sientes que te elevas a mil kilómetros por hora hasta el infinito, allá en espacio tan lejano y palpable que te sientes el amo del universo y al mismo tiempo mientras estás allá arriba suspendido en una milésima de segundo, sientes que todas las sensaciones del universo llegan a ti: los colores cálidos de un amanecer en la playa, el abrazo delicado de una abuela, la risa desenfrenada de un niño corriendo en el parque, la serenidad de la lluvia en una tarde de invierno, la increíble paz al dormir en los brazos de tu madre. Pude sentir todo eso y lo que me era mas extraño es que desee con todas mis fuerzas que todos en todo el universo pudieran ser tan felices como lo era yo.
Recuerdo que le pedí una foto porque yo no paraba de sonreír. Incluso me había sonrojado. Cuando recibí la foto supe que los dos sentíamos lo mismo. Y le dije las palabras que nunca pude ni quise decir antes: te quiero”
Ni se siquiera era un “te amo” sabes. Pero tenía más significado que cualquier palabra que haya dicho antes y ella se aseguró de hacerme sentir que era lo mismo para ella.
(Deseo que todos ustedes hayan sentido eso alguna vez)
Fue una noche y una madrugada que jamás podré olvidar.
El tiempo y la distancia han pasado. Ella no está aquí. El destino la llevó a otro lugar y sólo me queda esperar que viva lo que ya estaba escrito, que termine su maestría que es un sueño que estuvo mucho antes que yo llegara.
Pero ahora algo increíblemente nuevo e inesperado acecha desde hace un par de días: la cuarentena. Recostado sobre mi cama vuelvo a mirar su foto de perfil. Repaso en mi mente qué pasaría si yo muriera, si ella muriera. Todo esto que hemos vivido habrá tenido algún sentido? Pienso que sí. Al fin y al cabo no hemos venido a la tierra despojados buscando amar y sentirnos amados. Pero regresan esos pensamientos, aún la amo? Es esta la etapa de ma cuarentena en que empiezas a dudar de todo y de todos?
El sol no ha tocado mi cuerpo en una semana.
Quizás la cuarentena simplemente magnifica aquello que sentimos de manera cruel como un espejo amplificado, como un parlante estruendoso dentro de nuestra mente. No paro de pensar que si el amor se fue, soy yo quien ha dejado de amar o es ella quien lo ha provocado. Si, estoy buscando una excusa. Es eso no? Quiero culparla de que si el amor fue reemplazado por la rutina, ha sido ella. Qué pensamiento tan horrible. Claro que no lo dejaré seguir. Detente pensamiento. La respeto tanto que no voy a atribuirle una responsabilidad que no tiene.
Soy yo y nadie más en este departamento de dos habitaciones vacías. Soy yo en medio de una pared blanca llena de fotografías de viajes y una cama tan amplia que en las noches extraña su piel y sus gemidos. Mas allá debajo, una sala vacía y platos sucios sobre la mesa del comedor. Hoy he roto mi rutina, no he lavado ni he cocinado. No he visto la televisión. Hoy simplemente quise develar qué siento por ella.
He puesto una canción, aquella que le dediqué alguna vez. Harvest Moon. También le pedí que bailara conmigo. Quise que el tiempo no se detuviera mientras bailábamos en la misma sala que ahora tiene mis pantuflas y una cobija para las noches frías.
La canción me recuerda demasiado el olor de su cabello. No es eso imposible y aún así me pasa. Sonrío. Sonrío como idiota y lo sé. Suspiro. Suspiro con nostalgia. Busco su foto de perfil. La observo con la sonrisa idiota.
Esta mujer ha logrado enamorarme de tal manera que sólo necesito una canción que reviva todos mis sentimientos. No hay cuarentena que ensordezca aquello que hace eco por dentro.
Lo siento, no necesito ningún concejo, ¿te hice perder el tiempo? Ten paciencia conmigo es la 1 am y ya el 8avo día de cuarentena ha empezado.
Me siento aliviado. He entendido que la música es la única forma que tengo ahora de encontrar mi camino de regreso a ella mientras espero que amanezca para volver a llamarla y decirle que cuando esta cuarentena termine tomaré un avión y la iré a buscar. Quizás me responda que estoy loco, pero no sería la primera vez.
El mundo está terminando (encuentro esta cuarentena como un ensayo de lo que volverá a ocurrir si no cambiamos nuestro estilo de vida consumista y despreocupado), y creo firmemente en que los seres humanos somos el virus que nos está acabando, ( ya vieron el video de los canales de Venecia? Cristalinos y en paz).
Entonces amigo, quiero que me llame loco, como seguro lo hará mi familia y mis amigos pero no encuentro mejor momento para enloquecer que aquel en que se nos muestra tan claro que debemos volver al principio, al origen de todo: el amor en todas sus formas.
La desconocida
Ramiro Urgilés Cordova
(Cuenca)
22-03-2020
“Ella lo es todo para mí,
el sueño no correspondido,
una canción que nadie canta,
la inalcanzable,
ella es un mito en el que debo creer”.
Slipknot.
El silencio lo golpea, y se pregunta por el nombre, extiende las manos adormitadas por la inconciencia del momento, intenta elevarse por sobre el asiento haciendo uso de los músculos y el entusiasmo: ambos agotados. La realidad se asoma como un absurdo sillón de fieltro que juguetea con la piel escarmenada, extiende el cuello y se deja descarnar hacia la ventana; es pluma, es tinta, es soledad, es quimera; aprieta los labios y toma posesión del acto; la mira y se retuerce, palidece y escribe; le repugna, observa:
Ella es voz y violín,
beso hacia la sombra,
del día fatal.
Detiene la saliva que se convierte en escupitajo, derrama su sangre y la tinta en esquinas dispares; le acercan el piso por contraria voluntad, se aproxima a los clavos y los envidia por ser todos pares, piensa en los dioses, quiere ser uno de ellos para aborrecerse sobre el reclamo del drama humano, quiere ser marxista pero de los malos, quiere ser un cuadrado pero sin la poesía de los rectángulos. Despierta, la vida se le agolpa entre las hendiduras que le ha dejado la muerte (ludus ignarus est?). Se afirma enfermo pero se conoce desquiciado, retoma la calma de los cristianos y se arrastra hasta lo que convino que sea el sillón. Vuelve a escribir. El desagrado es todavía mayor.
El amor suyo,
es canción y ceguera,
crujido yerto.
Toca la rodilla infecta que se sonroja hasta retumbar en hueso y ligamentos, se rasca la costra imaginaria prometiéndose un dolor todavía mayor, regurgita la dialéctica del desayuno pequeñoburgués, golpea lo que le queda de la palabra que ahora es un pie. Ella se acerca a la burbuja, lo avergüenza; cuelga la ropa proletaria frente a su ventana, toca su cabello, es sublime y nunca lo sabrá, porque no tiene nombre, y es imagen, figura, y encuentro que a él lo envejece al recordarle su cara infantil, agrietada, hipócrita. En la crisis se frota los ojos, observa una camilla que pronto desaparece, toma su bastón, el gélido tacto de la empuñadura y el uso lingüístico, son cabal respuesta para ciegos, cojos, pastores semitas, Borges y sus tretas. Es el lenguaje una herramienta excesiva que ahora lo ayuda a describir el desencanto frente a la angustia que experimenta. La herida en la rótula parece descocerse, los puntos son abismales, él es uno y lo demás lo atraviesa, en definitiva y contra pronósticos: uno y el universo. Llega a la ventana y ella se ha ido, le pesa lo romántico y la mano accede al castigo, vacila, suelta el bastón; la añora, la olvida; se maldice, ahora podrá instalarse cómicamente entre el desgarro y el grito sordo que asume ahora todos podrán escuchar después de lo que deduce será una colosal caída. El hombro cruje y la columna lateral de la vieja pared lo ha salvado, descansa para incorporarse por lo menos en lo que respecta a la metáfora; pasa el tiempo y recrudece el realismo ontológico, acaricia el báculo empleando las dos manos y se columpia sobre cuerdas invisibles a las que su provinciana retórica recurre. Respira y ahora sigue el aliento de la nostalgia que aquella mujer le procura. No la ve, y la quiere perdida, para que entonces el recuerdo hago lo suyo.
Aquella noche,
rasposa y oscura
vio mi destino.
Muere el poema,
acontece la lluvia,
sobre los labios.
Se muerde la lengua para recobrar los dientes y así pronunciar las primeras palabras que solitaria escuchará la callada presencia: te quiero. Se recrea en la sencilla afirmación, fantasea ser un hombre de esos que aman, pero no le basta, la rodea empleando los añejos brazos de una estética que lo persigue desde que fue condenado a la modernidad, imagina la desnudez del numen, y saborea una especie de fuego: el inusitado tacto; la desea, y enseguida rechaza lo bello por ser nefasto anuncio de lo falso, más bien la reduce a modesto vocablo, y espera que el silencio consiga engañar al turbio nudo de su existencia. Emplea lo común de nuestro género para tornarla trágica y de pronto su sonrisa le parece tan dolorosa como la suya, llora y susurra en un extraño dialecto, como procurando misericordia en las tinieblas de un súbito mediodía.
Los sueños de Dios,
quiebran los bordes del barco
de lo singular.
Leve chasquido,
instantánea mentira,
somos el traidor.
El sopor finaliza y consigue retomar la conciencia que llegó con la tarde y el repentino alivio de sus molestias. Pocas personas quedaban ya en la calle, los faroles empezaban a encenderse dando inicio a cierto mutismo colectivo que de algún modo él compartía también. Se le vinieron a la mente algunos hombres que conoció y con los que había cruzado algún rudimentario término, determinado signo, o una de esas expresiones que acuden en contra de la propia razón en procura de salvarnos la vida recordándonos que somos parte de un sueño de masas en el que el bramido es ensueño.
Y al final se encontró sin neologismos que lo protegieran, reconoció ser un intelectual enlatado, un pedazo de carne somnolienta en constante amotinamiento, un cobarde que fantasea con colinas y mujeres felices. Rozó la ventana, anochecía, se abandonó al frío que sentía deslizar por todo el cuerpo, casi enseguida se escucharon un par de ladridos que demostraban la conveniencia del destino cuando buscamos ser salvados; tocó la mano amoratada por la presión del cayado y sus patriarcas, recorrió más de una vez la delgada sonrisa que se formaba en el rostro de la muchacha que volvió a distinguir.
Tuvo miedo y estuvo tentado a esconderse tras las cortinas, se recriminó con mayor fuerza que antes, como exigiéndole a la vida una última asignación de valentía. La joven cerró la llave del lavador, guardó la última prenda en un cesto. Se disponía a marcharse cuando notó que su ventana estaba abierta.
Él la contempló con tardía tristeza, ella se ruborizó y retrocedió; creo haberlo visto en algún lugar lejano, será mejor atenderlo pronto se decía cuando escuchó quebrarse el cristal anverso.
Sentía cierta nostalgia por la muerte de aquel joven que resultó ser vecino suyo; pese a ello la vida seguiría adelante. Tanto es así que ahora la muchacha lamentaba tener que usar el pesado traje negro dispuesto para la incineración de los cadáveres infectados. Después de depositar el cuerpo y realizar algunas oraciones se marchó rápidamente e interpeló a sus expresiones por el regreso de una sonrisa que asumió había ganado, sin sospechar todavía que los ídolos escogieron su blanca tez como la alegoría de la muerte del hombre que mejor la conoció.
La noche era cada vez más profunda. La oscura llovizna recorría los confines de una desconocida.
COVID 19 · CUENTOS
Raúl Real
(Santander, España)
21-03.2020
# Día 3 #
LA LINEA DEL HORIZONTE
Maldito trasto —masculla.
Todavía no se ha familiarizado del todo. Tiene que pulsar dos veces el dispositivo para que se detengan del todo los limpiaparabrisas. Cuando mete tercera, el vehículo eructa de nuevo sobre el asfalto mojado. Ha dejado de llover y la visibilidad ha mejorado. Es el pensamiento de un hombre que podría llamarse Marcos. Es moreno, bajito, ancho de hombros y con unos ojos pequeños, vivos y lo bastante juntos para resultarle a uno simpáticos. Eso, sumado a una nariz respingona y a la sombra de una barba cerrada, que casi le alcanza los ojos, le otorgan cierto aspecto de duendecillo. Tiene cara de Marcos y con Marcos se va a quedar. Sus manos son como dos palas, anchas y con unos dedillos diminutos y peludos. Ahora, esos dedillos agarran el volante de un camión Mercedes, que desciende como una oruga metálica por el puerto de El Escudo. Baila sobre los pedales como el organista de una iglesia. Treinta y cuatro años de servicio. Veintiséis haciendo esta ruta. Dos meses en M&T Logistics y le ha tocado un camión que ha pasado la ITV con truco y de milagro. Entró el último en la empresa y, por ende, ha llegado el último al reparto de vehículos. Es lo que hay. En el 2006 llegó a tener cinco camiones. Propios. Se esfumaron en una mala racha junto a su ex mujer y a una chiquilla que no ha vuelto a ver y que la semana que viene cumplirá diecinueve primaveras. Las que él lleva sin fumar. Tres paquetes al día de Marlboro. Lo dejó de la noche a la mañana, como penitencia a su mala racha. A veces, cuando uno se encuentra mal, necesita encontrase un poco peor, revolcarse durante un tiempo en el fango. Para eso se hicieron las canciones tristes. Sigue echando de menos el tabaco, más en días como hoy. En el salpicadero reposan los albaranes. Cuarenta y siete palets de papel higiénico. Esa es la carga. La gente se ha vuelto gilipollas, pero nuestro hombre, al contrario que nosotros, es demasiado bondadoso como para desarrollar ese tipo de pensamientos. Él simplemente está trabajando. Al menos, con esa carga, el camión va ligero como una pluma. Se limita a pensar en eso.
Marcos enciende la radio. Todo son noticias sobre el maldito coronavirus. Hablan del teletrabajo en la SER, Marcos escuchó esa palabra por primera vez la semana pasada. Todavía no tiene muy claro lo que significa. Lo que sí tiene claro es que él va a tener que continuar haciendo la ruta, para seguir pagando el crédito que pidió para no entrar preso cuando su pequeño negocio de transportes se fue al garete. Maldita la hora. Parecía que iba a ser fácil. A su socio, su ex cuñado, que era algo más espabilado, le fue mejor. Relativamente. Murió de un infarto en el 2008, justo antes de que todo se desmoronara. Adivinad quien se quedó con el marrón. MARTOM S.L. Así bautizaron a la empresa. Marcos y Tomás, es como se llamaba su cuñado. En paz descanse. Era un buen tío, tenía mala copa. Pero bueno, mejor quedarse con lo positivo de los que se fueron. Con los buenos recuerdos. Para qué hacerse mala sangre.
Cambia de emisora, pone radio clásica. No entiende demasiado de música. Suena Mahler. Sinfonía nº 6 dice la cálida voz de la locutora. Le relaja. Respira hondo. Luego bosteza y se le desentaponan los oídos. Baja una marcha. El atardecer se posa sobre las copas de los robles desnudos. Deja atrás el monumento a los caídos italianos, una especie de pirámide con una cruz, plantado en medio de ninguna parte. Lo ha visto miles de veces, pero no se acostumbra. Siempre le ha inquietado. Es cutre y siniestro. Dentro hay nichos vacíos. En contraste, el paisaje del puerto es bello en cualquier época del año. Es un monte frio y pelado, pero resulta la perfecta transición entre la meseta y la costa. Es como un colofón de algo. Podría, de alguna forma, funcionar como una metáfora de su vida, pero no logra descifrar el significado. Quizás en el próximo viaje consiga dar con ello. En eso va pensando Marcos, cuando se encuentra con una curva cerrada en forma de herradura. No hay problema, maneja el camión con suavidad, conoce el terreno a la perfección. Con lo que no cuenta es con una sombra rojiza que cruza la calzada. Un zorro. Por un momento las miradas del hombre y el animal se encuentran. Ya es tarde. Marcos lo sabe. Debería continuar, llevarse por delante al bicho, pero tira de freno. El camión bascula, primero da un bandazo a la derecha, después se endereza por un instante, pero el remolque se encabrita como un caballo salvaje y se desprende de la cabina. La orquesta culmina el crescendo. Mahler, Mahler, Mahler… Los oboes están haciendo un trabajo fenomenal ¿Era la orquesta filarmónica de Berlín? ¿O era la de San Petersburgo? No recuerda bien lo que dijo la locutora. ¿Cómo puede un hombre que está a punto de morir plantearse estas preguntas estúpidas? El olor a brezo y tierra mojada se ve sustituido por el aroma dulzón de la goma de neumático quemada. Es lo que percibe Marcos cuando sale despedido por la ventanilla y el camión se lleva el quitamiedos como si fuese un filamento de mantequilla derretida. Marcos vuela. Por fin ha entendido la metáfora. O al menos cree haberla entendido. Un mecanismo similar al de los sueños. Se encuentra bien, es lo que importa; por lo que va a intentar seguir volando hasta la línea que separa la tierra del horizonte. Siempre quiso averiguar dónde llegan a juntarse.
# Día 4 #
CUATRO GATOS
—¿Vas a comerte eso? —Nieve arruga el hocico, mirando de soslayo a su compañero.
Duque lame una porción de queso adherida al cartón de una caja de Pizza Hut tamaño familiar. Hace como si no fuera con él la cosa. No todos los días se puede pegar un homenaje así.
—Meé justo ahí mismo hace un rato ¿Sabes? —miente el gato blanco, solo por fastidiar—Tú verás lo que te llevas a la boca—concluye, relamiéndose los bigotes con cierto desdén.
Duque pasa de entrar al trapo. Levanta la cabeza por un momento, mostrando la cavidad oscura de su ojo tuerto. Suele funcionarle. Es un buen pedazo de mozzarella. No le va a arruinar el banquete ese cretino. Nieve lleva solo cuatro días fuera de casa, si espera que le vayan dejando cuencos de Whiskas por las esquinas lo lleva claro. Ha adelgazado considerablemente y su pelaje blanco está lleno de mierda. Ya aprenderá, por la cuenta que le trae. Duque lleva tres meses en la calle, desde poco después de la navidad. Ocurrió un día volviendo del veterinario. La operación costaba 1600 pavos y el porcentaje de éxito, según dijo la chica, era del 25%. También hablaron del precio de la inyección que le proporcionaba un billete de primera clase al Valhalla de los mininos. No llegaba a 60 euros, pero su dueño se echó a llorar y salió corriendo de la clínica con Duque entre sus brazos. A mitad de camino detuvo el coche en el parking de un centro comercial. Julio, así se llamaba su dueño, no paraba de gimotear. Después abrió la reja del transportín y le invitó a salir. El resto es historia. Duque ahí sigue, tiene el cuerpo lleno de bultos y pierde pelo más rápido de lo que solía hacerlo, pero sigue adelante. Supo adaptarse, tampoco tuvo otra opción. El callejón no está mal, da a la parte de atrás de una lavandería industrial, es algo estrecho, pero un gran motor expulsa bocanadas de aire caliente, cuatro veces por hora. Duque se estira, alargando su maltrecho cuerpo persa. El dispositivo del motor hace clic, lo que significa que la sesión de sauna comenzará en breves instantes.
—Voy tirando para allá — dice el gato tuerto.
Nieve no se mueve, lleva en la misma posición más de una hora. Debajo de la barriga guarda dos pedazos de champiñón de la misma pizza familiar de la que Duque estaba dando cuenta y no piensa compartirlos. Recuerda los manjares que le proporcionaba su ama, una señora muy mayor llamada Mercedes. La última vez que la vio estaba entubada, encima de una camilla. Tenía mal aspecto. No paraba de toser y apenas podía moverse. Unos hombres llegaron vestidos como astronautas y se la llevaron. Nieve se asustó tanto que salió escopetado por el hueco de la puerta. Cuando quiso regresar estaba desorientado, jamás había atravesado más allá de un felpudo con un estampado bastante hortera y que rezaba: BIENVENIDOS. Después de que estuviera a punto de morir atropellado al menos una docena de veces, se encontró con Duque, que, aunque es un tanto huraño, no puso pegas en que se le pegase un gato ñoño y casero al culo. Tienes que aprender a sobrevivir, es casi lo único que sale de su boca. Adaptarte. Nieve todavía tiene mucho que aprender al respecto. Todavía echa de menos comer cuatro veces al día y las piedritas para hacer sus cosas. Incluso extraña las caricias de Mercedes y eso que entonces las repudiaba continuamente.
—¿Sabes que los esquimales tienen más de cuarenta palabras para describir la nieve?
—Eso es un bulo. No me jodas. Hay que ser idiota para tragárselo —escupe Duque.
Ambos gatos están tumbados de lado sobre un cartón, frente a un gran ventilador, ronronean bajito, su desaliñado pelaje se agita suavemente.
—¿Y a ti por que te llamaron Duque?
Duque se señala con una pezuña la cavidad supurante de su ojo.
—Mis ojos, cada uno era de un color. Al menos me dejaron este operativo. —responde.
La conversación es interrumpida por un maullido feroz. Al fondo del callejón se dibujan las siluetas de dos gatos. Uno es un Maine Coon tamaño guepardo. El otro un Sphynx con cara de hijo de puta, valga la redundancia. Se llaman Asrael y Silver. Duque los conoce bien, cómo olvidarlos, la última vez que se encontraron perdió el ojo izquierdo. Le atacaron entre los dos, lo hicieron a traición. Los invitados se acercan con felina cautela. Llevan tiempo rondando el callejón. Asrael lidera una pandilla, quiere hacerse con ese pasadizo de ambiente tropical. Nació en la calle, cree en las jerarquías, todos estos gatos recién llegados le parecen despreciables. Duque se pone en guardia, a pesar de su estado, todavía es un gato fuerte, puede enfrentarse en una pelea. Y no hay duda de que en escasos segundos va a comenzar una. Gira el cuello hacia Nieve y susurra:
—El grande es mío. Tú vigílame al otro. No es más que un mierdas. No te va a costar, él nunca va a dar el primer paso. Confía en mí.
Los intrusos están a dos pasos. Los cuatros gatos comienzan un baile en círculo, una danza que huele a muerte. El ventilador de la lavandería se detiene y Asrael salta encima de Duque, sus uñas brillan como cuchillas bajo la luz de la única farola que ilumina el callejón. Se lanza certeramente a por uno de los bultos protuberantes de su lomo y consigue reventarlo del primer zarpazo. Un sifón de sangre y pus se estrella contra la pared del callejón. Duque lanza un maullido de dolor, pero se sobrepone y contraataca con una dentellada al escroto de Asrael, que se desgarra al instante. El gato ruge, sus pupilas dilatadas son como una radiografía del infierno.
Silver clava su mirada ladina en Nieve. Es un gato mezquino y escuálido; un simple lameculos de Asrael, y esto no es una metáfora. Se acerca y eriza sus cuatro pelos plateados, bufa los más alto que puede. Entonces Nieve encuentra un hueco en el flanco izquierdo del callejón y dibra a Silver como si fuera un quaterback. El gato huye, deja el callejón atrás justo en el momento en que Asrael alcanza con una de sus zarpas el ojo bueno de Duque. El globo ocular estalla, vuela por unos instantes por el aire y después se cuela entre las aspas del gran ventilador, como si fuese una diminuta canica roja y azul. Los bufidos son cada vez más lejanos en los oídos de Nieve, que ya ha alcanzado la avenida principal. Corre por mitad de la carretera. Por suerte para él, el tráfico está prohibido desde el toque de queda. La avenida se ensancha como un océano helado. Los esquimales quizás tengan también más de cuarenta palabras para describir el miedo.
# Día 7 #
LA REUNIÓN
Siete menos cinco de la mañana. El director atraviesa la puerta acristalada. El resto del plantel ya ocupa sus asientos en la mesa redonda, al otro lado de la pecera. Están nerviosos. El rumor se ha extendido como un virus por los pasillos. El 70 % de la plantilla va a ser despedida. ERE, ERTE, vamos, que se van a la puta calle. El programa, sin embargo, va viento en popa. Es un magazín que mezcla actualidad, pseudociencia, algo de cotilleo, política de veleta y un poco de futbol. Un éxito de las ondas, que levanta de lunes a viernes de siete a once de la mañana los alicaídos ánimos de la nación.
—Tenemos solo cinco minutos, había un atasco de tres pares de cojones —dice el director, mientras se quita la gabardina, la dobla cuidadosamente y la posa sobre el respaldo de su asiento. —El ejercito parando a todos los vehículos en la M-30. Esto es de locos. Mi mujer dice que coja el metro, vamos, está gilipollas, lo que me faltaba, que se suba ella en un vagón de esos repleto de infectados. Nos ha jodido.
Alguien suelta una risa entre nerviosa y servicial. A sabiendas de que no le va a servir de nada.
El director posa ambas manos sobre la mesa y levanta ligeramente el mentón, lo que significa que la reunión acaba de dar comienzo. Todos los participantes tienen el orden del día sobre la mesa. Una chica joven entra en la pecera sosteniendo una cafetera que humea como una locomotora de vapor. Lo hace con un paño para no abrasarse la mano. Viste vaqueros, una sudadera gris y mascarilla de protección. Al director le gusta que el café esté hirviendo. La chica lleva un año y medio en la empresa, pero el director nunca le ha dirigido la palabra. Una vez, después de verano, se refirió a ella en los pasillos y la llamó así ‘’la chica’’. Su comentario a uno de los responsables de publicidad fue: —Esta chica está echando culo. Mal camino lleva.
La chica tiene nombre. Se llama Montse.
Comienza la reunión, que viene a ser un monólogo. La secretaria del director siempre envía a las once de la noche un correo a los contertulios que incluye el orden del día. Lo hace puntualmente, por la cuenta que la trae. La reunión es un formalismo. Se hace para que a todos les quede claro. El director no quiere ni un fallo. Está seguro de que la mano dura es la clave del éxito.
—Y bien, veamos, Cienfuegos, su mujer está enferma. —comienza el director, agitando el folio, con las gafas colgando de la punta de su nariz — Ustedes volvían de hacer la compra y ella se puso a toser. Eso ocurrió hace tres días, fueron los primeros síntomas. Ahora está en la UCI, ingresada. Tubos por todas partes. Un feo cuadro. Además, tuvo una operación de pulmón el año pasado. No, mejor algo de pecho. Le hicieron una mastectomía. Sí, eso es perfecto. Ahora repítalo usted.
Cienfuegos repite como un papagayo. Es el colaborador más viejo, también el más pelota.
—Bien, suspire un poco —continua el director —Quiebre la voz. Así, donde va a parar. Mucho mejor.
—Usted, Corrales, no puede ver a su madre desde hace una semana. Está en una residencia, hay más de ochenta infectados. Duermen en camastros. No, mejor en el suelo. Llevan una semana sin ducharse. El lugar apesta a pis y a miedo. Se puede oler desde fuera. El gobierno ha abandonado a los mayores. Ese será su titular, empiece como quiera, pero acabe así: ‘’El ministerio ha abandonado a los mayores’’.
Los contertulios toman nota en sus libretas.
—Bódalo, usted será hoy el optimista. Le ha tocado. Tenemos que rotar. Hable de vacunas, de que los chinos lo han conseguido. Yo que sé. Aporte algún dato técnico. Le dejo para el tercer bloque. Tiene tiempo. Busque algo mientras tanto. Me fio de usted, tiene labia.
—Barrul ¿Alguna novedad en la información deportiva?
Barrull asiente, es el más joven. Entró enchufado. Sobrino del jefazo máximo del holding.
—Suspenden los juegos olímpicos.
—Perfecto. Hable de que las perdidas serán millonarias.
Montse, mientras tanto, ha ido sirviendo el café a la vez que el director iba nombrando a cada uno de sus colaboradores. Conoce de memoria sus gustos: Cienfuegos largo y a palo seco, Corrales con sacarina, Bódalo con una nube de leche templadita, Barrull corto y con un sobre de azúcar moreno. Cuando le llega el turno de servir al director se toma su tiempo. El director levanta la cabeza, sus largas pestañas desafían las leyes de la gravedad. El bótox le ha dejado dibujada una sonrisa forzada y estúpida, como de muñeco ventrílocuo. Montse está tardando más de lo habitual, ocurre algo extraño. La mascarilla que porta la becaria no logra ocultar el rencor que se ha encendido en sus ojos como dos lanzallamas. El director entiende lo que está a punto de suceder y levanta las manos tratando de cubrirse el rostro. Ya es tarde. No consigue que el contenido de la cafetera estalle como una ola hirviendo sobre su cara, abrasándole los párpados. Justo en ese momento se enciende un piloto rojo a ambos lados de la pecera. Suenan las señales horarias, después los primeros compases de la sintonía del programa. Los guardias de seguridad irrumpen en la pecera. Cienfuegos se ha meado en los pantalones. Corrales y Bódalo tiemblan. Barrull aprovecha para registrar la escena desde su iPhone. Esas imágenes valen oro: el director revolcándose por el suelo con la cara roja como el infierno. Montse se quita la mascarilla y levanta ambas manos.
—¡Buenos días, España¡ —replica una voz enlatada — Son las siete en punto de la mañana. ¡Estamos de nuevo en el aire¡
Día 6
Tita Carolina Meza
21-03-2020
La buena noticia es que ha pasado el tiempo
Cada segundo que adelanta el reloj es uno menos que nos queda de esta pesadilla
El ocio tantas veces anhelado se vuelve un castigo cuando es involuntario
Nos ha saltado el corazón al escuchar cifras
Nos han sacado risas las ocurrencias de los amigos ..todos ahora a través de una pantalla
Se ha muerto el bullicio en las calles
Empezamos a vivir hacia adentro, sin reconocernos
Tras una mascarilla que en cada respiro nos obliga escuchar
Que estamos vivos
Cafés comprados en una gasolinera
Yanier Oreste
21-03-2020
Compre cafés y un dulce para nosotros en una gasolinera. Burlamos el encierro. La salida no era de primera orden. En el decreto presidencial no contempla ver a un amigo, ni recibir, ni dar abrazos.
Yo llegué primero, me gusta estar desde antes, sentarme, esperar. Por eso quizás tengo muchas fotos en un contén en medio de la calle. Llegamos con mascarillas tapándonos la boca, hay miedo, el virus existe y con tan solo su existencia vacua, sin intenciones, es ya el terror.
Caminamos la ciudad vacía, hablamos de libros y autores. De nuevo me faltó el aire en las subidas. El casi inexistente transito permitió oír el canto de los pájaros. Me permitió ver, con más claridad sus ojos, que los percibí verdes. Una ciudad vacía te da la sensación de llenarla. Los patios de comida desolados, con cintas amarillas delimitando el área.
Aun con el pánico instaurado nos abrazamos. No mantuvimos los dos metros de distancia, fuimos disidentes. Nos bajamos las mascarillas para poder hablar con fluidez. Nos sentamos en un área verde, un pequeño bosque frente a la avenida, nos recostamos al tronco de un árbol para tomarnos el café y comernos el dulce. Y conversar cerca, uno del otro. Seguro algunas particas de salivas se introdujeron en nuestras bocas. Pienso en cuanta saliva ajena se cuela a diario en mi boca.
Hablar es sembrar, es introducir. He dejado que planten en mí la semilla de la esperanza. El me habla de golpes, de batallas ganadas, de su etapa de boxeador. No podía imaginar que sus manos suaves, de una piel blanca, de dedos de una curvatura afilada, han magullado algún rostro. Me ha enseñado sus heridas las físicas, he sentido su soledad, lo he visto cantar con rabia, ebrio, alzar la voz, gritar. He oído como llega al placer penetrando a una de sus amigas. También he oído como su amiga le pide, suplicando, sigue a, sí a, si, a, si amor. Pero los dos sabemos que esa palabra dicha en ese contexto no tiene ninguna significación a no ser para llegar. Y los dos creemos más en el trayecto, que en el resultado final.
Tuvimos miedo, cuando nos encontramos en la quebrada. Por momento pensamos no abrazarnos. La estadística por día de los muertos. Pero como pensar que mi amigo me va a contagiar.
Le pedí de nuevo, mande un mensaje de voz. Para no sentirme tan solo en el encierro, lo escucho, pongo pausas, converso con la grabación, como si él estuviera presente, mejor, porque puedo decirle todo, sin los límites inconscientes que instaura la cultura.
He pensado en la cantidad cuerpos tendidos, listos para incinerar. Recordé cuando trabajaba en la restauración de la escultura de un ángel, de la tumba del cementerio Colon,reparaba las alas. La tumba es de un general del tiempo de la colonia. Muy cerca quedan los hornos del crematorio. Oía como unos cuchillos largos y horizontales se desplazan desprendiendo los cadáveres de la bandeja de incineración. Luego el operario subiría más la temperatura, hasta hacer polvo, el cuerpo.
La restauración de la tumba duro casi un mes. El primer día al escuchar esa especie de cuchillo me sentí mal, ya al tercer día, ni me percate del ruido seco, metálico, que raspa, que desprende. Al medio día siempre antes de almorzar me comía una guayaba, estaban dulces. Quise comer de esos frutos cosechados allí, abonados con tanta muerte.
Conversamos tan felices recostados al tronco de un árbol, viendo el cielo, la desolación, percibiendo el miedo colectivo, el nuestro, que aun podíamos esconder, para mostrarnos valientes, uno frente al otro. Yo sentía un vacío en el estómago. Quise alzar la mano, darle un apretón entre la nuca y el cuello, como a veces hago, y en el trayecto del brazo, fui consciente, y mi mano se desvió, y tomo una ramita seca del suelo.
La voz de un altoparlante de la policía interrumpió todo.
__ciudadanos vállense a casa, están infringiendo la ley.
Mi amigo los miro sereno. Yo dije si, disculpen ya nos vamos.
Y fuimos tan felices camino a nuestras casas. Felices de violar la ley, de vernos en medio de la cuarentena, y de poder dominar el miedo propio.